sábado, 5 de agosto de 2017

Observaciones a la disposición inicial para participar en las ciencias

La ciencia no es una, sino legión. Es producto de observaciones históricas, lingüísticas y existenciales. No obstante, como ser práctico que es, su efectividad marca su carga, y a la luz de ese mismo peso se despliega su relevancia y sus elementos generales.

[El ser se dice de muchas maneras, y la generalidad de un ser no es una ocasión concreta de ser sin más, sino un modelo para ser en cualquier caso. La máxima concreticidad de ser no es un singular medianamente enfocado sino uno completamente definido, como enseñó Hegel, y las figuras más fáciles de agotar en su determinación son los cascarones a ser llenados, los contenedores universales o entidades metafísicas, los marcadores semánticos tipo, seres prefigurados para ordenar los casos según cualidad.]

Uno de estos elementos generales en particular es objeto de excesivos lugares comunes: su método. La atávica descripción y además repetición institucional reza así a grandes rasgos:

Primero pregunta e investigación;
luego hipótesis y pruebas;
al final, resultados y conclusiones.

Puede parecernos una descripción provisional, pero es vergonzante que, así expresada la cuestión, quede soterrado su compromiso epistémico o apuesta humana. Brilla la descripción por la ausencia ontológica y axiológica. A menudo los cursos sobre ciencia eluden abordar rasgos políticos y estéticos de las ciencias, sobresimplifican la ética participante y permiten medrar acríticamente prácticas ideológicas y míticas del concepto. Es normal, pues los espíritus apesadumbrados por el misterio y la incertidumbre son perversiones de la economía política dominante, básicamente negacionista y autoritaria.

Al volver al asunto, la respuesta genérica por el método de la ciencia pretende ser una serie de pasos, una instrucción o manual para determinada obediencia productiva. Aspira dar ejemplo de orden y deducción, ser garante de la verdad, pero induce al autoengaño y la mendacidad. Es una corrupción del concepto, acorde a ideales igualmente corrompidos sobre educación y desarrollo humanos.

Para comprender una actividad en lo general, en este caso la ciencia, contamos con actores -agentes e intencionalidades- y condiciones -en participio de pasado y de presente, a saber, condicionados y condicionantes. Mientras más cerca estemos del origen imaginativo, actores y condiciones se coimplican, por causa de la naturaleza de la razón y la autorreferencialidad. No obstante, de los primeros debemos decir, ante todo, que no saben, al menos la mayoría de ellos no han aprendido a ser ellos mismos de cara al inconmensurable abismo. Las personas son ficciones y fugas, a menudo distracciones de sí para antes de la muerte. Ellas mismas son procesos y portan innumerables cualidades en desarrollo. Esto no es en absoluto baladí, pues son estos seres los actores de la observación, y su modo fundamental de ser es una comprensión perceptual influenciada por contingencias virtualmente infinitas.

Aquí tenemos la primera falla de la explicación estandarizada de las ciencias y sus métodos: el modo fundamental de ser practicante tiene que ver con la falibilidad del mismo, con la potencial introducción de errores en cualquier tarea que realice. Antes que el orden, el caos. Esto incluye naturalmente al exquisito y reducido grupo de personas bien informadas y con altas capacidades de concentración. Su humanidad, para bien y para mal, se interpone y domina sobre su excepcionalidad.

Esta condición de prófugos, de débiles colaboradores para la construcción de desarrollos significativos y trascendentes, puede ser llamada la condición existencial humana: nuestro espíritu pensante es prisión, separación, ilusión, derroche, descontrol, repetición, olvido, vacío e insatisfacción, entre otras desdichas.

Antes del rigor deductivo, está también la cuestión del lenguaje o juego simbólico activo. Esto implica que los sujetos cognoscentes tienen límites estructurales o que hay relaciones subyacentes que componen la totalidad de su ser consciencia, en cualquier nivel, sea consciente, subconsciente, inconsciente o supraconsciente. Los actores existen y viven en una especie de territorio de significados, donde hay una extraordinariamente grande pero finita a final de cuentas aplicación de signos que hacen en conjunto la matriz para la habitación del mundo. Como una tecnología simbólica, hay una colección determinada de prácticas con significado detrás de cada observación, de mitos que existen en el fondo de toda percepción y que constituyen el mundo como tal, nada menos.

Un modo breve de entender esta condición es identificar el término idiolecto, una participación personal o singular que conjuga lengua y hablante, que considera las inclinaciones personales, las circunstancias prácticas, los códigos conocidos y su uso. Se trata de las asociaciones que el sujeto ha creado a lo largo de su vida y que le proporcionan un matiz personalizado a su habla, unos campos semánticos únicos, forjados por sus contingencias biográficas, dolencias, aspiraciones, libertades, etc. El mundo condiciona las posibilidades perceptuales, su diferencia y virtud comparadas con otros mundos.

Para un agente, la lingüisticidad es una condición paradójica, que le constriñe a la vez que le libera, pues dentro de los signos se configuran hechos, tecnologías, valores y verdades, objetos, identificaciones, prácticas, territorios, fines, todo cuanto importe a su ser y todo cuanto pueda llegar a pensar y sentir. La clave están en reconocer que no es un lenguaje determinado el que practicamos, sino muchos códigos simultáneos, de alcances y objetos diversos, los que habitamos.

Si bien la segunda condición de la lingüisticidad es crucial pues no hay significado sin contexto de sentido, el lenguaje (aunque limitante y potencia de las personas a través de su idiolecto) es una cualidad esencialmente comunitaria, de modo que su aparente arbitrariedad está siempre filtrada por el curso finito de la historia compartida o por el transcurso de la coexistencia. Esta es la tercera condición fundamental, la historicidad. No se juega a solas sin una comunidad previa de jugadores. Aún más, uno no puede ser uno mismo sin los demás.

El punto aquí es que para donde quiera que se mire se mira hacia atrás, al relato conocido; siempre que se observa independientemente de la atención que pongamos, es el pasado y sus registros lo que se muestra. Decimos que las cosas devienen para entusiasmarnos y tratar de asistir al mismísimo acto de la creación, a la sucesión en primera fila de los acontecimientos, como si fuera posible que se actualizacen sin velo delante de nosotros. Pero no es así, la luz ha llegado tarde, o no ha llegado en absoluto a nuestros corazones. Por eso hay que contemplar a Epimeteo antes que a Prometeo; por eso también hay que reconocer a Jano bifronte antes que la riqueza positiva codificada en los fetiches dinero y crecimiento ilimitado.

Si pudiéramos percibir la cosa en sí, directamente y sin signos, es decir, sin representantes, el error no sería constante y el desarrollo de la ciencia no habría sido una necesidad sentida en la historia. En verdad, existen los aciertos y las prácticas efectivas, pero son el resultado de atenciones persistentes y de compromisos adquiridos, de juegos llevados a sus últimas consecuencias a la fecha. En cuanto a los efectos que podríamos llamar gratuitos, derivados de la suerte, o conclusiones que se repiten una y otra vez por doquier aunque no tengamos grandes pruebas de ellas, su captación depende de la regularidad experimentada; aunque llamemos a estos saberes intuitivos, experienciales, vitales, en última instancia se deben a la historicidad.

Nuestra condición histórica guarda relaciones de sucesión entre creencias que orientan nuestra existencia y nuestro orden simbólico hacia una inclinación de sentido. Estas narraciones dibujan fuerzas o tendencias sobre territorios conceptuales que desatan pugnas o se armonizan en alguna clase de tensión o dinámica. Desde el punto de vista constante de la mortalidad, algunos llaman a esto destino, otros más modestos se acatan a las reducidas influencias de los fines y de las intenciones, marcadores individuales menos atados en su semántica a la forma de la naturaleza toda. En cualquier caso, la historicidad es un retraso perceptual y una consideración derivada de una práctica acumulada.

Los saberes adquiridos cosechados a lo largo del tiempo, sean éxitos o fracasos relativos a fines más o menos definidos, componen un corpus o juego crítico que se instala en el aquí y en ahora. Para conseguir la proeza de estar en presente aunque se perciba el pasado, los sujetos tienen que desdoblarse e imaginarse presentes a través de juegos prácticos, desenvueltos entre dogmas y creencias, o ingenuidades de toda clase. Sin embargo, no todo lo que se imagina presente es un mito vivo o una expresión de la inconsciencia, también se proponen demarcadores de trabajo y políticas de construcción de prácticas y consensos. Los modos de vida se construyen y el futuro del ser humano es susceptible de diseño.

Este es el exclusivo punto de partida, el inicio de todo investigador que contribuye efectivamente con unas cuantas motas extras de conocimiento a la humanidad en general. Cualquier actor que trate de reproducir ciencia sin conquistarse a sí mismo en un mundo contingente y hasta cierto punto aterrador se emparenta más al ruido que a la colaboración. Las ciencias son para la vida y no para la ciencia misma.

domingo, 10 de julio de 2016

Dos historias sobre el ascenso meditativo

Una es la historia de la estética. En la narración que tengo de los conceptos que establecen las condiciones de la percepción y la normativa de la imagen, hay una gran hueco que me deja mirando temas asociados en principio pero separados por distintas brechas: veo el uso de los colores brillantes de los primitivos de América, de África, de la Asia hoy súper poblada; veo aparte el mercado pseudorientalista que ha imbuido de exoticidad o de presunta espiritualidad baratijas del capitalismo y que han contribuido a la conformación de una aspiración a la paz; veo a varios sabios y gurus como equivalentes prácticos de muchos padres cristianos que han hecho de la búsqueda por la unidad una empresa más con fines lucrativos, falsos guías para falsos seguidores. Estos tres asuntos bien distinguidos por la experiencia beben sin embargo de un mismo cuerpo de agua. Es demasiado vago mi saber sobre esas aguas para darle una forma que explique el origen de los otros tres grupos de seres. ¿Cuál es la flora y la fauna que prospera ahí? Sé de su existencia porque he seguido parte del cause del manantial de la estética, y a éste lo conozco por algunas cavernas de la axiología y de la metafísica que he visitado.

La segunda historia que recuerdo es la historia del alma. Hace mucho, cuando las personas eran más conscientes de su actitud mágica y espiritual, no había un claro binomio entre cuerpo y alma. El dualismo sobrevino con el desarrollo del pensamiento abstracto, con los conceptos mecanicistas y la modernidad. El destierro de los temas inexplicables del alma de la luz de la razón práctica y la fascinación por la predictibilidad material tuvo efectos importantes sobre la percepción equilibrada de los seres del mundo. La cultura del pensar fue predominante y se asignó a la cabeza cualidades divinas de creación antes que de objeto creado. Aquellos que entendieron que la cabeza era otro cuerpo natural trataron de verla como un producto que se trabaja, pero no dejaron de asumir que también era un origen divino de realidad y atizaron con ello la perspectiva individualista. Según este relato, saber la esencia con el poder de una mente abierta tiene un efecto directo sobre el mundo. Esto es así, pero sólo parcialmente. Los más entusiasmados se acercan a prácticas para incrementar y nutrir su interioridad, siguiendo una promesa de poder, pero una concentración profunda y solitaria todavía no enfrenta el problema de la comunidad y acercamiento a la conciencia otra. De ahí que la imagen sea adecuada al representar más de una conciencia y cree un pilar en ascenso en medio de los hablantes, en las palabras juntadas.

sábado, 9 de julio de 2016

Apuntes del día: un teatro, un show y un ignorante

1. El Teatro "La Libertad" está amenazado. Ese espacio me enseñó algunas cosas, una, que fue hecho con trabajo. De un sitio descuidado se hizo un centro de cultura, donde se entrenaron ciertas habilidades profesionales complejas pero especialmente se pulió la calidad humana. No se hizo de golpe, por supuesto, sino con perseverancia, a cachitos de vida. Fueron varios los que se sacrificaron y había además un pilar extraordinario que seguía señalando un rumbo. De ahí concluí en mis pensamientos dos cosas: el espacio público para la educación abierta puede ser cualquier espacio, aunque la transformación tenga que enfrentarse sobre la marcha a muchas resistencias derivadas de distintas clases de propiedad privada. También aprendí que los logros colectivos son minúsculos si se compara su alcance efectivo con la totalidad del mundo conocido y con todo que las personas hacen bien al aferrarse a ellos como puedan. La Gran Articulación, igual que la Gran Automatización, no es un aparato que se encienda o se apague con la acción intencional de un simple usuario.
https://www.facebook.com/abraham.oceransky/posts/10209872358788560

2. El periodismo producido en un modelo de gobierno como el nuestro es triste. Si me pregunto por la emisión de contenidos, no dejo de pensar en la oscuridad del criterio global ideal por un lado y en los modos de operación pervertidos por el mercado y su maquinaria de embrutecimiento de audiencias. El planeta entero no termina de polemizar o de replegarse, y sin embargo, no hay espacios efectivos para la deliberación pública y la realización ético política. Cuando recibí instrucción en lógica y discusión casi no se me dijo cómo era de omiso el mundo de la práctica a las pruebas de razón. Por tupido que esté el ambiente de mensajes, las emociones son una moneda de cambio ruin y no deja de alimentar el reinado del pasotismo (la fatiga dispersa a las subjetivaciones y se arruina la importancia de lo común), donde prosperan anomia, polarización, cabildos y capturas estratégicas. Mientras que el potencial técnico de nuestra cultura es exorbitante, nuestros pares son atenazados por ansiedades o neurosis. Un loco hace mala combinación con las armas, de ahí que se le prive de información crucial. Normalmente, no hay fuentes instituidas que sean fiables en la descripción de los hechos, sólo pequeños amigos, o bien, pequeños dechados que lanzan voces más o menos coherentes. ¿Quiénes tejen esas voces? El desempeño de Adela Micha, Carlos Marín Mtz. y Julio Hdz. "Astillero" muestra con claridad la imposibilidad de lograr objetividad desde el escenario televisivo (por causa de la política del uso de esa tecnología, por supuesto). Su trabajo no es una ocasión más para continuar la construcción de la observación y del consenso, nada de eso, lo que hacen se parece a un chaval lanzando unos guijarros, tratando de darle a algún panal, al que sea. El punto ahí es hacer vibrar de emoción a los portadores de la verdad, a saber, el ego de turno.
https://www.facebook.com/IXCHELWELT/videos/1152365728154881/

3. Las tendencias siguen siendo rechazadas por buena parte de su audiencia que, para autoafirmarse, tiene que imaginarse a sí misma y de modo personal por encima del problema. La subjetivación que recibe nueva información filtra automáticamente las incomodidades que ponen en entredicho su calidad humana. Esto podría ser descrito como una ceguera del consciente. Al corregir al ideólogo la singularidad normal está tapando una noticia real, no se percata que su condición concreta no es una noticia relevante. Chainsawsuit lo comenta con belleza en una tira cómica con motivo de las ejecuciones sumarias contra la población negra. Todo ese asunto me parece análogo al que experimentan los ecologistas, los feministas, los vegetarianos, los comunistas, los ácratas, los autonomistas y demás). También me recuerda a un dato que obtuve de Malcolm Gladwell: resulta que menos del 4% de los afroamericanos estadounidenses vive en condiciones óptimas para su desarrollo humano y puede hacer efectiva su movilidad social, de modo que si así lo desea puede empreder su carrera hacia el éxito. Es una escalera bastante estrecha. La mayoría absoluta está atrapada en problemas de salud, violencia, delito, falta de educación, racismo... Si se lee black lives matter y se contesta con all lives matter, se dice algo formalmente correcto pero irrelevante, pues se responde desfasado del contexto. ¿Quién lo hace? Un idiota, un pasota.
http://chainsawsuit.com/comic/2016/07/07/all-houses-matter-the-extended-cut/

martes, 16 de febrero de 2016

A propósito del sabio Gilles L.

Parece muy simple la actualidad descrita por él, pero ¿por qué vemos muchos confundidos al respecto? ¿Acaso no ha dicho claramente qué pasa? Apuesto por el no, por la zancada de la ideología, de la tecnología simbólica subyacente a la conciencia según crítica que predetermina sus diagnósticos y bloquea la transformación deliberativa. Desde luego hay cambios, pero fueron cedidos a la tesis de la mano invisible, a la deriva del llamado orden espontáneo, según el cual es concebido por y considerado con todas las piezas del rompecabezas en el enigma del mundo, incluidas las piezas extrahumanas. Se dice además que se trata éste de un modelo de estructuración y proceso perfectible tan noble que conviene no intervenirlo en su núcleo con nuestros caprichosos deseos humanistas de justicia, equidad y reducción del sufrimiento. Sé de algunos inspirados que le han llamado a eso la revolución de las máquinas, y se refieren a eso en tiempo pasado, a un hecho histórico consumado, no a un sueño apocalíptico que responde a sus deseos de destrucción del presente, de esta modernidad que se percibe notablemente torcida y sanguinaria.

No hay más comunes mediados en el hiperespacio ni hay más enlazados por la experiencia consciente. Por esto las siguientes herramientas de trabajo tendrán que levantar edificios básicos diseñados para la procreación de comunidades pendientes por aparecer, o de ser devueltas a su situación práctica y efectiva de su condición fantasmagórica. Muchos son los modos de expresar esto mismo, y habrá que desarrollarlos, pues el reto no es otro que el de enmendar la capacidad de encontrarnos entre la multitud de ignotos.

lunes, 1 de febrero de 2016

La razón tras el telón no es un consuelo

Todo pasa por una razón. Así nos han dicho los entusiastas del cosmos. Desde luego, la razón no tiene necesidad de estar expresada en su forma más simple, no debe por fuerza ser una expresión sencilla que se pueda extraer de su soporte material y llegar a nuestro uso técnico casi sin pérdida. No obstante, sus manifestaciones son necesarias. La capacidad de distinguir patrones dentro de los seres en distintos movimientos contribuye a imaginar una y otra vez el orden. De modo que, sin importar nuestros desvaríos, aturdimientos, ensoñaciones y tantas otras afecciones que pesan al intelecto limpio, la atención nos permite encontrar hilos de sentido, razonamiento y coordenadas para mirar aquello que sucede como un heredero de las formas, una criatura intencionada o significativa. Pero esta condición racional se confunde todavía en el habla coloquial con las explicaciones reconfortantes, conocidas o por ser conocidas. El optimismo que abraza este habla parece desnudar el núcleo de la existencia, pero esconde bastantes razones. Dos de ellas merecen espacio en este apunte: una es la otra necesidad, a saber, la necesidad corporal de mantenerse laborando para subsistir, esta necesidad que no es estrictamente lógica sino sentipensante y en cierto modo subjetiva; si las razones ocultas estuviesen destinadas a ser reveladas para comunicar algo directo e importante a la persona, el resultado "no tiene sentido" no sería posible o sería un falso resultado formal, indigno de ser reportado. De aquí deriva la otra razón que los obtusos soterran: la naturaleza del misterio como situación que nos atenaza en dos modalidades, ya sea dándonos cuenta de la ignorancia o no teniendo noticia de ella, es decir que la razón detrás de los hechos puede mantenerse materialmente lejos de nuestra comprensión, y si bien las causas no son absolutamente incognoscibles, sí permanecen ajenas e inabarcables para momentos históricos en particular. Por esto, dicho sucintamente, la razón sin conocer no es necesariamente una esperanza, es un límite, y es sensato llevar creencias y aplicar políticas determinadas desde el "no se puede". Para los entusiastas, como sea, puede que convenga hacer explícita la forma detrás de lo recién dicho: "no se puede (todavía)."

domingo, 15 de noviembre de 2015

Cortar y desintegrar - Anagasear

Acción-reacción, premisa-consecuencia, un pensamiento simple está en marcha. Se especifica el evento uno, tras un lapso se habla del dos. Se sugiere desde la inferencia básica que uno y dos llevan una relación ordinal. La secuencia no es aleatoria. Nos dicen que la historia se tiene que conocer, que el lazo no es accidente. Dicen que ahí están los responsables, las claves de lo que sucede y sucederá. Pero uno no termina de leer los detalles, no termina de barrer el polvo, los sobrantes, las erratas, no termina tampoco de dialogar con lo que percibe.

Entonces la serpiente susurra sus cartas: "déjate llevar." Dice más: "lo que te ha sido arrebatado te será devuelto." O bien: "levántate contra el tirano." Además: "él no te quiere bien." En cierto modo el reptil es la legión y la multiplicidad emocional: "tu subordinación no le basta, te quiere exprimir toda riqueza, privarte de todo descubrimiento de valor." La estructura del mundo es tal que para sustentar el mito de la independencia demanda romper con las dependencias, anular los caminos y volver con la mirada aquello que se propuso ordenado como aleatorio.

Tú, yo, todos supuestos soldados de la anticonservación, somos prisioneros y aspiramos a partir el hechizo del mundo cerrado, fugarnos de la oxidación, dilatada, dolorosa, volvernos contrafácticos, contraintuitivos, contracontras. Incluso buscaremos caernos del caballo de la subversión. Pero, ¿podemos vencer al rival? ¿No somos la fuerza que contiene a los cambiantes por buscar trastocarlo todo? ¿No somos la piedra en su zapato, el codo en sus costillas?

Algunos mantras comunes: evita el compromiso porque es un engaño, un truco de privilegiados, escondidos detrás de la moral; evita la verdad porque puede ser falseada y ante todo hay que evitar nuestro equívoco, hay que impedir que nos tomen el pelo; evita todos los rollos serios, porque cualquier camino lleva al sueño y la ficción, porque no tenemos nada más que el goce, la carcajada, el cuerpo; evita el cálculo del tiempo porque no es constante, se puede explicar y expandir por pliegues, acelerar o capturar, mejor mira fotografías, fantasmas, puntadas de ingenio.

Pero escuchemos: si cada compañero es un ridiculizable, si cada semejante es un no acompañante. ¿Qué decisiones tomamos al fin? ¿Qué carácter dentro de todo ese estorbo nos volvió libres? Y si no podemos serlo de una y vez y para siempre, ¿que clase de actividad nos mantiene a flote, al borde de la creación y de la conservación de la dignidad?

Acción-reacción, premisa-consecuencia, un pensamiento simple está en marcha. Su vigencia es compuesta, por un lado la potencia pura, luego, una sombra del deber. Nada satisface. Todo se desbarata a medias, mientras se edifica, se falla. Mas no solamente hay polvo.

martes, 20 de octubre de 2015

Sustitución de la curiosidad

"En parte por las enormes cantidades que conlleva, un contrato con el gobierno se vuelve virtualmente el sustituto de la curiosidad intelectual." (D.D. Eisenhower)

Entonces sucede que los 'gatos' dejan de morir y se acumulan y alcanzan el rango de plaga urbana. Una infestación de esta clase es doblemente mala, pues además de causar los típicos estragos de una población indeseable, se trata de alimañas a medias por las cuales no se debe sentir poca o ninguna simpatía. Es decir, no es correcto tratar de sofocar a todas estas criaturas por medio de procedimientos reflejos tales como la fumigación y el exterminio. Quizá estos pobladores puedan ser catalogados como espíritus grises, frívolos, vulgares o como corazones simples que han expulsado de sí la verdadera curiosidad, pero de ninguna manera el futuro inmediato se arregla clavando sus cabezas en nuestras estacas o labrando sus vidas en el muro de nuestro destino como vidas tomadas.

Esta situación describe sin lugar a dudas un conflicto prolongado, pero no es de ninguna manera el equivalente a una guerra. Guerras hay de muchas clases, pero lo descrito aquí es, cuando menos, una clase de paz, una marcada por el continuo esfuerzo y la confrontación, de cara a las consecuencias en el largo plazo de haber abandonado las dudas reales al momento de proceder en la invención del mañana.

Varias hebras quedan sueltas aquí. La más jugosa es la que señala la constitución de la curiosidad desde la renovación de los objetos, donde se encuentra el condicionamiento de la frescura, la audacia, el movimiento y el abandono de las cosas bastante manoseadas. No hay modo de garantizar la duda sobre las obras conocidas a medias (in saecula saeculorum), específicamente de aquellas con las tareas bien pulidas y puestas delante.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Paliar hambre social

Una noticia, tal vez falsa, dice que Francia prohíbe a los mercados tirar en contenedores de basura comida todavía comestible. Obliga a establecer algún acuerdo con lo servicios de caridad...

No tengo idea de si debiera reglamentarse de ese modo en todo caso, quizá hay otros canales de distribución de los alimentos en cada localidad. Lo que sí entiendo, o sentientiendo, es que la comida desperdiciada representa nutrientes robados a terceros, a entidades que en su lucha diaria no pudieron llevarse nada a la boca. Además, se trata de nutrientes que para ser acondicionados a las exigencias humanas convencionales tuvieron que sacrificar de paso a otras vidas, múltiples y variadas.

El hambre no para. Era Crono y no Zeus el castrador, ese Hambriento siguió gestando su influencia sobre el mundo, desde las sombras del no reinado. No basta tener una alacena llena, una mesa llena, una barriga llena, siempre queda una hebra de la cual brota el desasosiego, la clara noción de que las reservas se agotan, que hay que seguir moviéndose, porque habrá desconcierto, se intuye que habrá una fuga de la suerte además de las deposiciones. ¿Qué hace falta para tener el hambre a raya? No vivir, ¿será lo justo? ¿Qué si descubriéramos que hay vida auténtica en una dimensión sin hambre? ¿Qué si el tirano primitivo hiciera las paces con sus hijos proveedores de las leyes y normas de los mortales?

lunes, 31 de agosto de 2015

Si fue el Estado...

Una respuesta breve (y dialógica) al hashtag #FueElEstado

Mi idioma heredó el deseo monárquico de dominación. Mi historia de traiciones, borrones y cacicazgos dictó mi sentido de heroísmo. Mi vecino hegemónico me ayudó a inventar una ilusión patriotera. Mis mensajes triunfalistas me hicieron narcisista. Mis poderes ordenaron que nunca nadie estuviera realmente en desacuerdo con el jefe, mientras derrocharon al por mayor la riqueza de las generaciones futuras. Mi espacio y mi reglas recortaron la imaginación y la legitimidad. Mis instituciones expulsaron la discusión de las calles y la equipararon a oponerse al desarrollo del país y a la amargura gratuita. Mi religión se volvió intocable por estar en una mera relación laica conmigo. Mi fama odiosa reproduce la anomia generalizada. Mis maestros enseñaron a obedecer y a estarse quieto, acostumbraron al pueblo al encierro y a los horarios obreros. Mi verticalidad fue la escuela de corrupción de incontables funcionarios y trabajadores. Mis sindicatos traicionaron los sueños de las clases medias. Mis niños-TLC conjuraron mayor diabetes, insuficiencia renal e hipertensión. Mis medios de información pactaron censurar y hacer manejable la miseria, nunca ayudar a resolverla. Mis comentaristas hicieron del odio a la diferencia un valor familiar. Mis reformas despojaron derechos a los ciudadanos y eliminaron procedimientos justos. Mis notas sensacionalistas criminalizaron a unos compas. Mis muros pintados disolvieron algunas protestas. Mis infiltrados me ayudaron a fichar a todos los rebeldes visibles. Mis agentes siembran la droga y las armas. Mis patrullas transportaron a los secuestrados. Mis negocios desaparecen gente y arraigan la ausencia. Mi organización disuelve la verdad. Mi terrorismo decapita, desolla o mutila personas. Mi bala mató al niño, a la embarazada, a los olvidados, a los ninguneados. ¡Cómo voy a conservar la calma y resguardarme temeroso, si #FuiYo, si #YoSoyElEstado!

¡Yo también pagué cada chingadera! Por eso pongo en pausa lo que debería ser mi vida, porque mi proyecto no atiende las emergencias del país. No soy parte de un puñado de alborotadores, soy el que queda, el residuo, aquel fuera de foco; #YoSoy132, el que llegó tarde, el que ahí estaba pero que no puso atención, la oveja pinta, ni blanca ni negra; soy el que llegó en parte por moda, en parte por ligue, en parte por convicción; el que está fuera del plan, pero que lleva, cual heraldo, la marca de la vida: la singularidad de ser irreductible y sustantivo.

P.D. Nada personal contra el HT. Un signo contiene el universo, pero también es un solo signo. No se callen, que todavía queda mucho por comentar en el extenso tejido del lenguaje.

jueves, 25 de junio de 2015

Carta de amor breve y abierta

Hay tanto que quisiera decirte, pero ya mucho no podré expresarlo.
Has de saber que me vacié de palabras demasiadas veces antes de hoy.
No sé cuántas cartas te escribí. Incluso olvidé dónde dejé esas que nunca te envié.
Pero más fueron las conversaciones que tuvieron lugar en mi cabeza.
Creo que esas charlas no suman juntas más de cien, o quizá, el caso es que me es imposible enumerarlas.
En ellas platicábamos largo y tendido, a veces durante más de una hora seguida.
Te contaba qué hacía y por qué lo hacía. Curioso, tú me platicabas en qué estabas.
Eran puras suposiciones, lo admito, carecía de cualquier noticia tuya.
Pero cada diálogo que teníamos liberaba un pendiente que traía contigo.
Todas las veces te dije algo que quería decirte. Algo que no pude expresarnos en su momento.
Hablarte a menudo era un evento trascendente. Me volvía otro ante ti y ante mí.
Sin darme cuenta me volví practicante de una larguísima oración, donde soñaba que te servía.
¿No te parece gracioso?

No importa cómo lo ponga, ya muy poco sé de ti.
Además de que el olvido rasgó el tejido de tu recuerdo, te me duplicaste.
Una versión de ti dijo adiós una sola vez.
Otra versión de ti me sigue silenciosamente y me escucha tareas, penas y promesas.
En sentido estricto, esta figura no es una alucinación: no la puedo ver y mi oído mental casi no la escucha.
También sé perfectamente que hablo solo cuando platicamos los dos.
No sería otra persona si no hubiese caído en la tentación de responder a mis afirmaciones.
Pero lo hizo. Necesitaba el diálogo como el agua su continente.
Así fue como usurpé tu lugar.
Ahora pago la consecuencia y me confundo. Ya no sé qué de ti fue real y qué fue parte de un soliloquio imaginario.
A la fecha, mi tiempo en compañía de la fantasía supera el tiempo que nosotros tuvimos juntos.
Me pregunto si un día, tal vez, quisieras que te presentara a tu otro yo, que es mi sombra.
¿No te parece gracioso?

Si tuviera que explicarte qué eres para mí, si diésemos por sentado que eso, de algún modo, te importa...
Diría que eres el leitmotiv de mi vida adulta.
No en un sentido musical. Por alguna razón, ninguna melodía puede capturar los efectos de tu pasar en mí.
Aunque mi madurez es absurda, la repetición de tu tema tiene una severidad formal que construye mi ciudad.
No te responsabilizo por mi presente. Si hoy parezco un desastre se debe a mis decisiones, por amar la flama.
Claro que hay muchos más factores detrás de por qué nos pasó lo que nos pasó.
Pero el más importante, el que no tendría empacho en llamar universal, fue no haber sabido qué nos dolía.
Tuviste mucha razón en hacer que tu último regalo fuese desaparecer.
Creo que fue tu mejor argumento. Pienso que lo único que quiero esta noche es estar a su altura.
Sé bien que nadie planeó la destrucción de tus sentimientos, que la inmanencia solamente se vindicó.
A pesar de todas las cosas que se hicieron bien, el telón cayó sobre nuestros personajes.
Yo me quedé pasmado. Tú marchaste hacia el sol naciente. Yo me quedé esperando hacia el poniente.
¿No te parece gracioso?

lunes, 22 de junio de 2015

Cuatro actores políticos - Comentarios a Iglesias

Estas palabras son motivadas por dos videos subidos a YouTube, en donde habla el personaje Pablo Iglesias. Por qué escogimos esos dos videos en particular es una contingencia cualquiera. Otras participaciones pudieran ser contenidos más relevantes o mejores exponentes de la verdad histórica o más óptimos para una lucha concreta, pero en lo que a nosotros concierne, el contexto de origen se nos ha perdido. Advierto además que estas letras son enunciados salidos desde un trozo de México y una minúscula red digital sin ninguna intención de definir el futuro de Podemos o de otros partidos europeos. Lo que estos consigan y cómo se desarrolle la situación de España o de Portugal no lo pretendemos adivinar ni sabríamos criticarlo. Sin embargo, les deseamos lo mejor y esperamos que los distintos pueblos prosperen y tiren a la casta, cuyas canalladas nos repugnan y recuerdan tanto a la injusticia y el empobrecimiento de lo humano y la comunidad global. Lo que sí intentamos establecer aquí es una reflexión general para una oposición general en miras a la transformación de la política y de la economía. En ese sentido, esto es un pedazo de obra generalista, para la mera recreación o la estimulación de las ideas.

Distinguimos primero que Iglesias habla de cuatro tipos de sujetos o actores políticos. De cada uno destaca rasgos con convincente claridad y a nosotros nos interesa comentarlos. Se trata de: los enemigos ("la casta"), los diagnostas ("los politizados"), los organizados ("las organizaciones") y la mayoría ("el pueblo"). Los enemigos y el pueblo encarnan la contradicción principal, a saber, que una clase de personas, ridículamente chica en número, concentra gran parte del poder y la riqueza del mundo, mientras el grueso de la población padece condiciones indignas para su humanidad, aunque sean los propiamente causantes de mover el mundo. Los otros dos actores políticos tienen varios puntos de coincidencia, pero unos se enfocan en entender los fenómenos y los otros en cumplir tareas sociales de articulación.

I

Los enemigos a los que se refiere Iglesias son identificados como la casta, personas materialmente enriquecidas a costa de la mayoría. Son ellos en buena medida los responsables de que la expectativa de vida para los jóvenes sea menos optimista que la de sus padres. La podemos describir como una agrupación minoritaria que por su condición tiene el control de los movimientos explícitos del poder en la democracia. El enemigo, entonces, es la oligarquía de la democracia actual. Habla a nombre del pueblo o de la nación, pero sus inquietudes están filtradas por su clase, clase que se ha consolidado a lo largo de una acumulación histórica de injusticias y despojos. Desde luego que la casta no es homogénea, está habituada a dividirse en intereses particulares, cada uno de los cuales son defendidos por medio de una construcción artificial de oposiciones políticas. Decimos artificial porque cualquier oposición que venga de ellos no va a comprometer las prerrogativas sociales de las que son beneficiarios. Para conseguir este escenario, diseña un lenguaje y movimiento político, lo que, por su duración, genera historia y bemoles inagotables de comentar. Gracias a que siempre tienen especialistas opinando sobre lo que sucede y criticando unas y otras partes, se instaura la verosimilitud de que el teatro montado es cosa seria. Pero ellos temen, siempre temen, porque tienen mucho que perder. Gozan de beneficios y poderes discrecionales que les permiten prosperar en un entorno económico desigual que no perdona el hambre ni la marginación. Por supuesto, para ellos, desde sus alturas, la gente de a pie no representa dramas en su existencia, son apenas recursos para darle significado a su saliva, para la venta de sus promesas.

El enemigo teme o se desestabiliza cuando aparece un contrincante que no opera de acuerdo con sus modos políticos y viola sus expectativas. Necesita que la oposición sea su igual de clase o cuando menos que esté codificada únicamente según sus categorías, para que siempre juegue a las reglas que ellos mimos dominan en conjunto, como clase. Para ellos un mundo radicalmente nuevo no es posible, todo cobra sentido a partir de su herencia y de las dignidades o atribuciones de que son portadores. Por supuesto, el enemigo no pierde seguridad ante cualquiera que le lance improperios o predique verdades como puños en su contra. El enemigo del enemigo, para que sea rival de la clase en el poder, debe tener notoriedad, debe tener la capacidad de llamar a sí los reflectores y transmitir sus mensajes con la misma fuerza que las mejores marcas del mercado, es decir, deben expresar consignas breves y directas. Cuando los enemigos son retados por un actor que no tiene presencia generalizada no percibe amenaza real. Una de las causas por las que una oposición del pueblo o nacida desde abajo no tiene predominio es su conservadurismo. Se equivocan todos aquellos que se parapeten en sus signos particulares, probablemente plagados de historias de desprestigio y prejuicios descalificantes, como cualquier otra víctima dominada por el discurso de la oligarquía o de la hegemonía. Cuando el rival potencial se enfoca demasiado en conservar su identidad se aisla y se anquilosa, pierde capacidad de contacto, no ya sólo con el enemigo, sino con la gente común y corriente. El enemigo sólo se verá preocupado o sentirá que le alcanza el fin de los tiempos cuando perciba que un diferente consigue convencer mayorías y aglutinar simpatías, cuando persuade alguien fuera de su clase y estilo de vida cupular, que maneja otro lenguaje y tiene propósitos de otra naturaleza (que busca el auténtico bien común, por poner un caso). Esto es lo que muchos han pedido reconocer como unidad popular, ese momento en que el enemigo encuentra a un verdadero rival, uno que subvertirá su control de las reglas del juego y que dejará de lado su guiñol de transiciones políticas y democráticas.

Los enemigos, nuestros enemigos, son los que se detectan desde diversas latitudes en una forma de democracia muy particular. Por democracia aquí entendemos más que la idea estereotípica y moderna de democracia, hablamos de un discurso ideológico, de la percepción global donde se la representa en casi todos los medios como mejor modelo de organización política posible, eso que sugieren, además, se debería establecer en todos los territorios del planeta. Pues bien, en esta democracia es que se percibe el enemigo. Lo notamos incrustado inherentemente a esa idea de democracia. Esa clase maligna, por exagerar tantito, es también la aplicación lógica y directiva de los poderes económicos, al mando hoy de los sueños que el s. XX construyó con el nombre de proyectos de nación y cooperación global. Dicen que no es posible una política mejor, ¿por qué será que todos los que resisten están pensando en algo mejor? ¿Por qué será que se los describe como delincuentes, criminales o terroristas, cuando solamente piden que no se disponga de su vida y su salud o que no se los mate arrebatándoles el agua, la tierra y la organización?

Pero hagamos un alto aquí. No es casual que se hable de enemigos en política. La política es una lucha de poder, consiste en "tener éxito", dice Iglesias. La victoria es posible sólo si se identifica al adversario, lo que en lo social se traduce a quienes deben dejar de estar al mando de la situación. La lucha nace conceptualmente de un binomio clásico que se constituye con una intención destructiva, de socavamiento y de mitigación. De aquí salen los contextos semánticos de ganar/perder, conquistar/liberarse, paz/guerra, valor/miedo. La guerra demanda enemigos porque es un lenguaje que amplifica el individualismo sobre la comunidad total, promueve la prevalencia de una intención por encima de las demás. Esto es la creación del Rey y su servidumbre o del capitán y el resto de la tripulación. No es tan grave la acción como pueda parecerlo a primera vista, se acota sola porque es incapaz de ir infinitamente en contra de la propia naturaleza humana que es gregaria, incluso generosa, cuando libre de amenaza. Si las historias de guerra no terminan en la aniquilación total es porque el individuo que descuella busca el beneficio propio, y ese beneficio incluye un comportamiento en los otros distinto a la muerte. La victoria, en el marco de una lucha política, es el sometimiento de la voluntad de los perdedores encaminando su actuar de modo tal que no perjudiquen el discurso ganador, para que en el mejor de lo casos lo cultiven.

Si es difícil para la propia sensibilidad lidiar con enemigos, al menos no debe taparse la realidad ni esconderse que hay discursos vivos que están en pugna, y que unos relatos son más generosos que otros y que esos deben prevalecer, y no se va a lograr con meros buenos deseos. La pasividad hace el caldo gordo a los abusivos, y algunos discursos son autodestructivos o se cobran decenas de miles de vidas. Porque sí, tengámoslo claro: las palabras matan, en muchos niveles y momentos. Mata una declaración de guerra, un dictamen de pena capital, las firmas de desregulación ambiental y desregulación laboral. Mata las normas de la economía, automatizada y sin idea alguna de la magnitud humana y personal. También mata el lenguaje del odio que hace de los enemigos criaturas viles, irresponsables, irracionales, miserables, condenadas, descartables. Creer que se puede ganar con un revólver, sin palabras, eso también mata.

Algunos difusores de mitos hablan de la guerra como si hablaran de una ley natural, como si la lucha fuese inescrutable e inevitable la crueldad en la sola existencia. Llevan algo de razón, si atienden al movimiento, pero también exageran, especialmente cuando destacan las garras y dientes ensangrentados del mundo animal mientras omiten el amor que se describe a cada oportunidad en la historia del evolucionismo, sea físicalista o espiritual. La selección natural no es una sucesión terrible de injusticias, es una condición del mundo con la que se puede jugar mucho y divertirse a mares. Lógicamente, si nos organizamos, todos podríamos coger, como señala un meme de Habermas (un teórico generalista bastante popular que ha estudiado el espacio público).

Habermas es un loquillo.

Si exploramos las distintas guerras y sus registros, veremos que tienen ciertas reglas generales, nos guste o no. Al observarla aparecen ciertas líneas de trabajo que nos hacen pensar sin descanso. El asunto de luchar y vencer se construye con estrategia, tácticas y planes. Implica análisis más allá del reconocimiento de un enemigo. Requiere identificar todos los vectores de las fuerzas políticas, ubicar su participación en el tiempo y el espacio, determinar los instrumentos que tienen a la mano y diversificar sus acciones en un repertorio de formas de lucha y planes de acción. Reconocer a los enemigos apenas y es un detalle del complejo problema de estudiar y componer el universo social. Para abordar este entramado, aparecen en la discusión los diagnostas y los organizados, actores políticos especiales que tratan de mejorar las condiciones de la mayoría.

II

Los diagnostas son los geniecillos que se las dan de especialistas en la materia social, revolucionaria e ideológica de su gusto. Como están politizados desde hace mucho tiempo y los respaldan muchos libros, autores y modelos, tienden a pensar que la razón los asiste y también la verdad histórica. En efecto, están lejos de balbucear arbitrariedades, pero también distan de influir en la percepción y en las actividades de la vida cotidiana de la población mayoritaria a la cual presuntamente quieren beneficiar. No pueden ser protagonistas de la transformación social porque son, ante todo, individuos, seres cuyo comportamiento es especial y poco imitable por una comunidad. Si pudiéramos entrar a la cabeza de un diagnosta, encontraríamos extensas regiones que consisten en experiencias históricas, hechas a partir de diálogos y reportes con gente a la que generalmente no conocieron. Están plagados de datos e informaciones cuyo contexto y sentido tiende a ser impreciso, y si somos primerizos en ese laberinto mental singular, no podremos encontrar algo claro y concreto, tal vez mucho carecería de sentido. Sin embargo, los mayores parangones de rigor lógico y exactitud los encontramos entre los individuos que poseen mentes así, aunque sus ámbitos de pericia, donde se comportan como calculadoras o como enciclopedias, sean muy reducidos. Son ellos quienes pueden usar con precisión las categorías de análisis político, quienes pueden estar convencidos, como Iglesias, que una idea definida como clase puede explicar cinco siglos de sucesión histórica. De todos modos, muchos diagnostas no saben qué es una clase social, y aún así sirven a la transformación.

No obstante, los diagnostas no deben pretender que los demás adopten sus categorías de comprensión. Aquellos que insistan en sus figuras de lenguaje, en sus tecnicismos, se van a frustrar, desde luego. Los demás no tienen obligación ni condiciones para entenderlos con esos términos medios. Los diagnostas son, en este momento, una rara avis. Aunque muchos quieren hacerse pasar por analistas, críticos e intelectuales, la inmensa mayoría no tiene las condiciones para pasar por el largo proceso formativo de un diagnosta social, con la bastante paciencia para ser juicioso, informado, integral, efectivo. No se puede sencillamente porque la desigualdad también ocurre en la distribución del capital sociocultural. A menudo, lo que hacen los compañeros que aspiran a ser diagnostas es conformarse con el papel de serlo, es decir, con el actuar como si lo fueran, aunque no tengan foro, ni pares, ni datos fiables, ni métodos. Son tristes guanabís cuya genealogía podría explicarse en el marco de la promesa que recibieron de la ilusión universitaria, de la cual mamaron, como parte de ese 15% de privilegiados con licencia para soñar con que su calidad de vida estará garantizada en función de su preparación profesional.

Para evitar la frustración, Iglesias propone que, por humildad, los politizados e instruidos ubiquen el problema en sí mismos y no en los otros. Por supuesto, la única actitud que puede intervenirse con un alto porcentaje de éxito es la propia. O sea que los geniecillos deben ocuparse en volverse sencillos. Así el lenguaje directo y concreto se prescribe universalmente al igual que la modestia. Hay que actuar con "lo que hay" -dice Iglesias-, y lleva razón, pues la voluntad sola no conduce al éxito; pero no debemos suponer de aquí que nadie debería entender a los especialistas, como si su conocimiento implicase siempre altanería, falacias y delirios. Por supuesto que pueden estar equivocados, errare humanum est, pero del hecho de la incomunicación entre entendidos y lingüísticamente distantes se perfilan otros mensajes, en especial dos. El primero es tácito e ingenioso, recomendamos decírselo a los primerizos que no tengan experiencia en la politización, y dice: "ustedes, los que según entienden, deben identificar sus diagnósticos con los sentimientos o necesidades sentidas de la mayoría." El otro mensaje es un tanto inmoral, pero importante en el marco de la guerra política: "ustedes, los que según entienden, deben manipular a los demás, deben mover a las multitudes a pesar que éstas no entiendan su diagnóstico." Ambos submensajes se coimplican, pero desenterrados suenan algo mal. El primer mensaje dice que hay que distorsionar lo que se entiende hasta el grado que encaje en lo que la mayoría quiere. Esto es extraño, porque lo que se entiende, en términos estrictos, está respaldado por conocimientos y hechos, no por su semejanza a las creencias más difundidas, que las mayorías pueden estar en un error es un truismo consabido. El segundo mensaje dice que la conciencia ordinaria es lejana y que no podemos esperar por su anuencia, por lo que hay que estimularla para que actúe sin conocimiento de causa, de este modo se justifica una especie de vanguardia que se monta encima de "las masas" y las espolea.

Esto último, visto así, suena grosero y cercano a lo que hace el enemigo con su producción de conciencias frívolas. Obviamente nosotros, los que reconocemos al enemigo, no queremos identificarnos con él, no queremos parecernos a él, entonces hay que explicitar las diferencias, exaltarlas, aunque esto oscurezca el llano acto de guerra política que se practica: lograr que una voluntad se imponga sobre otras. Para ganar distancia del enemigo fue que Iglesias habla de un colectivo de oposición, de ese tercer actor que es la organización política, más allá del sabiondo. Tiene que ver con un grupo nacido de la gente de a pie, guiado por un espíritu moral, directo en sus principios y en consonancia con el sentido mayoritario de dignidad y justicia. Además, este grupo debe tener el ingenio suficiente para entablar conversaciones francas, lo que en muchos casos demanda crear caricaturas de los conceptos que muestren el camino al cual se dirigen si respaldan el proyecto, aunque no lo puedan explicar a detalle. Para ilustrar esa perspicacia, Iglesias menciona el cuento Mouseland, útil para señalar al enemigo. El relato no es preciso, por ajustarse a una idea de democracia nominal, basada en elecciones, pero sirve para entender que los de arriba no quieren lo que los de abajo porque no viven ni sienten lo que les pasa a los de abajo. Si se analoga la diferencia de clase con la diferencia entre gatos y ratones (lo cual es más eficiente si no se menciona la diferencia de clase), cualquiera entiende de qué va la cosa, aunque no tenga formación académica o escolar. Así las cosas, los organizados debe de traducir a los diagnostas, porque estos suelen ser torpes de palabra o cretinos sociales, carentes de contactos y experiencia en diversos modales válidos según sea el ámbito.

Además de dar cause a los diagnostas, los organizados también deben habilitarse en los lenguajes e instrumentos de las distintas formas de lucha y resistencia y elegir su papel dentro de la estrategia que adoptaron contra el enemigo. Lo primero que hacen los organizados es encontrarse y generar espacios autónomos. No importa si los lugares son transitorios, lo relevante es que sean políticos, que quiebren la ilusión globalizada de que la democracia consiste en dedicarse a un campo de trabajo bien delimitado por la carrera personal mientras se consume cualquiera cosa que exija el capricho privado. Los pasos iniciales tienen que ver con una conciencia social que se resista progresivamente a la percepción individualista del mundo, que pueda establecer que el nivel de consumo al que aspiran los menos no es materialmente posible para todos y que avanzar conservando los mismos valores destruirá el planeta, como ya destruye a las especies que habitan fuera del horizonte del crecimiento actual y moderno. Los organizados tienen la tarea de comprender que la guerra evolucionó en disuasiones sin escrúpulos, que se practica todo el tiempo entre amenazas que convocan al miedo y promesas que esconden la complicidad. Deben visualizar los males derivados del sustento de los vivientes, de su movilidad, de los métodos para su contención, de los valores detrás de la economía, de la destrucción ambiental y sanitaria descartada del cálculo racional. Tienen que tomar en sus manos la pesada tarea de ocupar las formas que se conocen para dirigir la política, ser promotores de los esfuerzos nacientes y dar cabida a nuevas experiencias políticas. Difícilmente tomarán una decisión si andan a las prisas. Para los grupos, como para los individuos, es importante dejar pasar el tiempo para percibir el propio cuerpo colectivo y asentar los pies sobre la tierra.

Sin obedecer ciega y reactivamente a las coyunturas o agendas mediáticas, los movimientos podrán entrar en el pastel político de la toma de decisiones, tal como corresponde a los agentes políticos. Con cierta paciencia, se revelarán las distintas oportunidades para determinar los cursos de acción para las propias fuerzas, midiendo las aguas con las ajenas. Iglesias señala explícita e implícitamente que hay diferentes momentos para los organizados: tiempos para poner el ritmo, momentos de audacia, momentos de orgullo, momentos de aglutinar sentimientos mayoritarios y momentos de ofrecer servicios relacionales. Los ritmos se deciden cuando la organización es protagonista en la discusión de turno y se puede dar el lujo de declinar ofertas de aparición. Los momentos de audacia serían aquellos en los que se pueden hacer señalamientos que vinculen los hechos sociales, aprovechando los signos que están en juego, generando inflexiones en la opinión de la mayoría. En México, por ejemplo, la movilización de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa permitió articular algunas cuantas ideas: se habló con abundancia de narcopolíticas en México y se responsabilizó al Estado del crimen. No siempre se pueden realizar conexiones lo bastante aglutinantes, en ocasiones por falta de audacia (caso #1Dmx) y otras por falta de foro (caso Tlatlaya). Los momentos de orgullo son los de pertenencia a ciertos valores o principios identitarios, conductas que recuerdan al nacionalismo y que, tal vez sólo convengan cuando el movimiento es amplio y estable. Por el momento de aglutinación nos referimos a la conexión entre el diagnóstico socializado en el grupo organizado con las necesidades sentidas de la población, ese punto en donde se genera una fuerte convocatoria que hace sentido para muchas personas y despierta algún horizonte de confianza. Por último, por el momento de los servicios relacionales nos referimos a la acción permanente del grupo organizado de provocar y dar alguna continuidad a la participación política de los ciudadanos, creando oportunidades políticas de reflexión, aprendizaje, solidaridad, apropiación, construcción, etc.

Los movimientos de transformación, si son amplios, deben tener un extenso repertorio de frentes en lucha, cada uno empujando desde diferentes formas de lucha. Una de estas formas es el partido político, pues incluso en las instituciones hay fuerzas de cambio. No puede valorarse a los partidos políticos de manera universal, al menos no fácilmente, porque su definición depende del marco cultural y político donde se pretenda armar uno, y lo mismo pasa con sus alcances. Por lo regular, se trata de una forma muy limitada porque se sostiene de un estado de derecho que no siempre es sólido. Los países que carecen de pactos nacionales deben limitar un tanto su confianza en la efectividad de los partidos. Sin embargo son indudablemente espacios que hay que ocupar desde la intención general de la transformación en la medida que actualizan las relaciones administrativas de las ciudades. A pesar de las dificultades para el consenso, Iglesias pudo sintetizar en sólo cinco rasgos cuáles son los puntos con los que un partido político puede tener éxito. El caso de Podemos podría ayudarnos a combatir al enemigo común del planeta, de todos modos, su éxito no debe considerarse exento de algún comportamiento suicida o destructor de su forma como partido político; los partidos políticos tienen que evolucionar porque su forma es históricamente insuficiente, no así el esfuerzo de los organizados concretos dentro de él. Los ingredientes que recupera Iglesias son:

  1. Recuperar la ilusión, como si no hubiese mañana malo o estuviese al alcance una transformación significativa.
  2. Defender la moral, rechazando el respeto incuestionable a la institución organizada y a la repetición doctrinaria.
  3. Señalar a los responsables, aprovechando el momento con audacia para explicar por qué se violan las expectativas.
  4. Cambiar las reglas del tablero, empujando las contradicciones del enemigo y evadiendo sus parámetros.
  5. Ser empáticos, sin altiveza, ni regaños ni conservadurismos, logrando identificaciones con la mayoría, no con el enemigo.

Del primer punto merece una mención especial su señalamiento contra los "cenizos" o pesimistas. Invita a desoír a esa gente oscura que no puede condescender ni una pizca con los demás organizados, mientras disparan pretextos tratando de anclar la atención a alguna condición no cubierta. Puede que incluso tengan razón, pero es irrelevante si no están ubicados en el contexto de la estrategia y no captan o no deciden la forma de lucha a la que asisten. Nuestra recomendación es que los pesimistas estudien teoría de la guerra y definan qué están haciendo, puede que así les resulte más claro que ciertos ejercicios deben hacerse "sin conocimiento de causa". Para que la resistencia sea efectiva, las formas de lucha deben estar diversificadas y dar todo de sí, como si sus puntos ciegos o débiles estuviesen siendo complementados por el trabajo de otras organizaciones. Aunque esto genere alguna incertidumbre en los individuos que no pueden ver el panorama, el tipo de cooperación estratégica que tengan va más allá de cualquier "acción simultánea" que puedan calendarizar. El análisis de fuerzas revela que la mayoría de los grupos aliados nunca llegan a conocerse directamente. Esa reflexión es una tarea pendiente para todos los que sueñan con convenciones nacionales gigantescas donde según pueden brotar nuevos consensos.

El segundo punto lo desglosa Iglesias a partir de la expresión "hay que ser laicos". Nosotros no somos de la opinión de que la laicidad ayude mucho a la unidad popular. No en tiempos en que las mayorías tienen una especie de necesidad espiritual o de ansiedad hacia lo trascendente, y cuando los enemigos han orquestado diversos odios contra religiones promoviendo la simplificación de que son violentas y fundamentalistas. Lo que encontramos indiscutible es que no se practique el respeto doctrinal, como si las discusiones estuviesen cerradas. Hoy más que nunca tenemos que promover el diálogo sobre el extenso repertorio de posibilidades, abrir los exámenes compartidos de los acontecimientos. No necesitamos largas y complicadas interpretaciones de trocitos microscópicos de la realidad. Al contrario, necesitamos ser muy amplios en nuestros relatos y permitirnos el apretar poco para dar chance a que los demás sientan que hay cabida para sus intereses y habilidades, para que se animen a ocupar algún lugar dentro del relato del mundo contado y sean, después de todo, parte de la transformación. De alguna manera, esto debe significar la defensa de la moralidad actual: conseguir que las cualidades de una singularidad desarrollen junto a otras singularidades algo que las nutra individualmente mientras les genere mesura y sentido colectivo.

El tercer ingrediente llama nuestra atención en dos sentidos: como conciencia de la responsabilidad humana y como discusión pendiente para los organizados y diagnostas que crean poder precisar algún aspecto de la ética. Hablando un poco sobre la mayoría o el pueblo, hay en varios territorios del planeta un tipo de conciencia mansa y resignada, que rechaza hacer innovaciones en su modo de vida, por difícil que sea siempre y cuando tengan lo mínimo. No todos se permiten ambicionar con "sueños imposibles" de una "cabecita loca". ¿Qué tipo de participación puede solicitarse de ellos? Un primer involucramiento es la idea de la responsabilidad humana, un viejo problema ético, pero primero que nada, moral. Las personas tienen que conocer cuáles son los alcances de la humanidad, hoy globales y agresivos, y dejar de creer que muchas de las calamidades son infortunios sin responsable, como si hubiese nomás que cubrirse de fenómenos naturales mandados por Dios. Si no se comunica que la pobreza y la riqueza son construcciones históricas, causadas por intervención humana, que no vienen de una simple mala suerte o de bendiciones inexplicables, las personas no se sentirán urgidas a actuar por su sola convicción moral. Hay muchas rutas de politización y aprendizaje, y todavía más estadíos de la comprensión. En la medida de lo posible, hay que preparar un trato respetuoso para cada situación arrellanada en la inacción transformativa.

La discusión pendiente que suscitan estos estos puntos esenciales para los partidos políticos entre organizados y diagnostas tiene que ver con los absurdos que desata la violencia, es decir, la transformación en sí misma, no el sentimiento de quinta de hacer el mal del que muchos pretenden huir igual que quien esconde sus pecados. El problema se trata de decidir qué procesos dejar hacer y cuáles neutralizar. Si las vía que representamos, por medio de la cual aglutinamos fuerza y unidad, lleva por principio proteger la vida, si lo que queremos es que no nos maten, y por eso estamos en contra del enemigo, ¿vamos a permitir que otros transformadores, aliados generales, promuevan el linchamiento de los pocos responsables que puedan atrapar? Los otros transformadores son necesarios porque nosotros somos solamente una instancia del movimiento, adoptamos una forma, y la dejamos correr, mientras estamos ocupados y la gran mayoría de los hechos se nos esconden. Una manera excelente de dejar hacer es promover precisamente el optimismo, la actitud de que no habrá mañana malo. Si se piensa así, se reduce la preparación y la anticipación de las divergencias, algunas de las cuales podrían ser moralmente perversas; ¿alguien dijo socialismo real?, ¿dictaduras de izquierda? Por otro lado, si no somos doctrinarios y ponemos en duda las medidas a cada oportunidad, corremos el riesgo de no actuar, de dejar de correr y ser vencidos en nuestro propia forma de lucha. Reducir la impartición de justicia a los pocos que puedan ser procesados con los bastantes elementos de juicio no parece garantizar la acumulación histórica de la inequidad y construcción de clase cupular, por lo que la transformación civilizatoria necesita tomar medidas más drásticas en cuanto a forma, más que en cuanto a sangre. Esto significa que, bajo ningún concepto, se ha de pensar que los distintos tableros de juego de los partidos políticos son suficientes, pues las pequeñas victorias solo pueden dilatar la crueldad que sufre el planeta, y según las preocupaciones ambientales e intergeneracionales, no tenemos ni un solo siglo para poner las crisis política y económica en cierto nivel de orden. La tendencia global productiva debe poner un alto a la sed, al hambre y a la simulación de la voluntad política. Ni un paso atrás en esto.

El cuarto ingrediente es muy interesante porque remite a los distintos ámbitos de juego. Los partidos políticos son básicamente un tablero de juego postulado por la clase enemiga, pero también tiene subtableros, donde la tendencia en el poder y las tendencias que se le oponen siguen la forzosa tarea de autojustificarse y mantenerse como referentes de significado político. El sistema de partidos es como un tablero de damas chinas. Los grupos se dividen en colores y todos compiten entre sí, pero ninguno está dispuesto a que los movimientos de las fichas imiten los del ajedrez. Quieren creer que cualquier intención creativa, cualquier sueño humano, cabe dentro de sus insignias de color. Pero no es así, los enemigos del mundo no se pueden vencer en una partida ajustada a un puñado de reglas que asumen que fuera del tablero todo está arreglado. Por ejemplo, fuera del tablero, en otra dimensión de juego, están las partidas anteriores y lo que cada actor hizo con los recursos que tuvo en su momento. La contienda electoral es apenas un segmento sincrónico a lo largo de un amplio eje diacrónico, es una fotografía, una captura que muestra la ubicación que tuvieron en ese instante los elementos dentro de cuadro, pero es incapaz de rendir cuentas acerca de lo que esos elementos hicieron en jugadas pasadas, en otra clase de tableros, donde muchos adversarios son eliminados por omisión, sea por abuso o por delito. ¿Cómo puede el pueblo humano sentirse parte de una misma familia y con las bastantes oportunidades de realización? Esa es la cuestión que nos debe ocupar, y las respuestas no deben tener un solo tablero posible, a veces incluso no deben permitir que ciertos tableros sean ocupados por reglas ridículas y ficciones asesinas. Para conseguirlo, Iglesias menciona una estratagema muy útil: no hay que decirle a los demás qué hacer, como si se les ordenara, sólo hay que limitarse a mostrar las contradicciones del enemigo, su carga autodestructiva o su inconsistencia.

Esta última recomendación se vincula directamente con el quinto ingrediente para todo partido político: la empatía. Por un lado, este refuerzo moral incrementa la densidad de semejanza entre las cualidades de los organizados y las de la mayoría, propiciando la identificación o simpatía. Además, y tal vez esto sea más importante, abre la invitación a que los demás participen y se hagan cargo, cada vez más, de su propio destino. Si no se tuviese la sensibilidad de representarse lo que pasa el otro, no se podría realizar una conexión real con él. Por eso es tan importante que no se regañe ni se sermonee a la mayoría, porque el objetivo es ser sus iguales, no sus jefes. A menudo la gente no le cree a los hipócritas que andan con falsa modestia, cayéndole bien a todos, o que no aceptan sus limitaciones humanas y formativas y presumen necesitar poco de los demás, escudados en sus tradiciones o en sus privilegios. Por eso es importante que no se oculten las cosas ni se despierten sospechas, independientemente de si se tiene algo que ocultar, por puro beneficio moral y personal. Pero ¿quiénes son la mayoría?

III

La mayoría tiene muchos nombres y cada uno tiene matices. Algunos le llaman gente, otros pueblo, otros masa. De cada concepto hay varias historias que valdría la pena conocer, pero en el marco de la guerra política, y en nuestro caso de la democracia (una forma totalitaria y oligarca de capitalismo automatizado y monopolizante), la mayoría es el actor político por antonomasia. También es el problema de todos. Si hacemos política es porque nos importa de algún modo el comportamiento que tiene. A menudo, las grandes multitudes se entorpecen y hacen daño a sí mismas. Las ciudades comprendieron esto muy pronto en la historia y desarrollaron mecanismos para controlarlas. Las medidas que la historia ha tomado para delimitar su futuro han sido muchas veces errores que ojalá los dioses no hubiesen permitido implementar, pero sucedieron y sumaron complejidad al fenómeno de la política y de la concepción de las masas impersonales, de la que abusan tanto el mercado y la clase enemiga.

Para entender qué es la mayoría, hay que captar que es ella la que dirige la historia. El movimiento real del mundo deriva de una confluencia eterna entre las leyes naturales y la acción de todos los habitantes regidos por esas constantes. La historia mundial tradicional describía las distintas etapas por medio de una sucesión de líderes políticos y reyes, de sus movimientos militares, tratados e innovaciones, si bien estos elementos son relevantes, lo son sólo porque tuvieron impacto en el comportamiento y la práctica de los habitantes. La influencia entre los más y los menos es mutua, pero sigue un movimiento circular (o en espiral, si creemos en la profundidad o dirección de los ciclos), y conforme a eventos o pugnas racionales e irracionales (detonaciones dialécticas, en opinión de algunos de nosotros). De esta manera se conforma la progresión histórica a modo de silogismo: porque la gente hace 'x', algunos planean 'y'; porque la gente hace 'y', algunos planean 'z'. Se trata de meras condiciones histórico materiales que establecen tensiones principales que terminan por ser pensadas una y otra vez, promoviendo así cierta clase de conclusiones o ideas. Esas ocurrencias conforme ganan frecuencia son básicamente el sentido común de la gente de a pie.

La población de un territorio, independientemente de si entiende para quiénes trabaja, es decir, de si su acción le conviene a alguien y qué fines tiene éste, es la que pone la producción cotidiana. Si la mayoría está caracterizada por un comportamiento observable y predecible, un actor político puede montarse sobre ella enajenando a la mayoría o haciéndola trabajar para sí y prosperar como nadie más. Otros listos pueden detectar la oportunidad y hacer la guerra con el primer jinete, y si las partes acumulan victorias, con todo y la carnicería, se constituyen como una clase en el poder, una especie de personas o pobladores que no son de ningún modo la mayoría, ni una minoría cualquiera, sino una especie voluntariosa y peligrosa, desidentificada con el pueblo al que usaron para su propio beneficio y por el cual se propusieron matar adversarios igualmente ambiciosos. La riqueza excesiva de unos no sería un problema si la ambición y la competencia que atrae no los convirtiera en sociópatas, en personas fraticidas más peligrosas que cualquier asesino serial, que amasan poder a costillas de rivales, sometidos y desprevenidos casi por igual.

A pesar de que la mayoría es manipulada por observable y predecible, también puede ser redirigida por diagnostas y organizados que le presten su voz y sus servicios tenues de articulación social. Estos actores especiales de transición tienen la habilidad de revelar el proceso que ocurre con la clase minoritaria cuando toma un provecho desmedido de la poderosa e irremplazable acción mayoritaria y propaga el abandono del bien común. Con una distribución de la inteligencia superior, es posible que la mayoría note que es ella misma la que otorga el control al enemigo por medio de la sola obediencia a su propio ejercicio cotidiano. Si el mundo cambiase su comportamiento mayoritario, los enemigos del presente perderían el control de inmediato y tendrían una crisis total de gobernanza y conservación de su riqueza. Podríamos imaginar dos actividades que contradigan la conducta de la población: que los económicamente seguros dejen sus ocupaciones y comiencen a dar comida y alojo a los que están desesperados por tener un ingreso y que los trabajadores dejen todo su trabajo y entren en huelga voluntaria de hambre. Son ejemplos imaginarios, imposibles en la práctica, tal vez, pero que muestran que las reglas del juego tienen vulnerabilidades que pueden tocarse en muy poco tiempo una vez lograda la unidad popular.

Una de las razones de mayor peso por la que el pueblo no llega a consensos ni a seguir la inspiración de los promotores de la transformación es por la pulverización lingüística. El sentido común ha sido moldeado por las órdenes, las promesas y las amenazas de la fuerza dominante. En la democracia, el sentido común es el discurso de la clase enemiga. Los estereotipos están pincelados para ser evidentes y útiles al poder histórico y estructural. Cada núcleo popular entiende perfectamente las consignas de los poderosos, aunque no esté concientemente de acuerdo con ellos. Pensar que uno se opone a ellos por odiarlos, es, por ejemplo, parte del discurso. Algunos organizados creen que la gente tiene que abrir los ojos y entender que los políticos son malos o que los partidos son corruptos. Error, el sentido común sabe estas cosas, sin ningún aparato reflexivo sofisticado llega a esa conclusión, por lo que hay que advertir qué utilidades saca el enemigo de esta discordia programada. Homero Simpson, uno de los principales tutores de las generaciones de los 80s y 90s lo expresa con toda naturalidad:

Obviamente, Homero.

El discurso oficial siempre nutre la idea globalizada de que es posible disfrutar de los placeres del consumo, que solamente hay que seguir fiel a la carrera personal, sin dejarse engatusar por los resentidos; dice que las organizaciones políticas son un cochinero, que las resistencias sociales son unos desobligados o unos criminales, perturbadores de la paz, mientras que la fuerza pública abate continuamente gente, de orígenes extraños, presuntamente en malos pasos. ¿Por qué el discurso no promueve nuestra naturaleza curiosa y nos encamina hacia el pensamiento crítico y la solución de problemas? Sospechosamente los delincuentes tienen el aspecto de personas comunes y corrientes, mientras que las historias de éxito y placer reproducidas son emblemas de los valores de una minoría: la sonrisa obligatoria, la tez clara, el cuerpo esbelto, las vacaciones turísticas, la realización individual de los sueños, la exageración o falsedad de todos los dramas. Estos son los mensajes que conforman el sentido común, por mera sobreexposición e imitación. Nos parece particularmente atroz que aquellos que nos ordenan ser ante todo felices (como si ese asunto fuese un problema fundamental) sean los mismos que alimentan su delirio disponiendo de nuestras vidas, vendiendo nuestra agua, obligándonos a abandonar la seguridad en los hogares, despojándonos de diferentes derechos, sobre la tierra, sobre la educación, sobre la salud, sobre el trabajo, sobre la movilidad.

Los organizados deben aprender pronto que su acción crítica se opone al sentido común y que muchos de sus referentes ya están siendo ocupados por significados del discurso de los sociópatas y enemigos del planeta. Los diagnostas son difíciles de entender porque son especialistas y sus referentes argumentales no significan en general nada convincente, pero también porque hablan desde formulas históricas que fueron derrotadas en el pasado, que han sido probadas incorrectas en algunos sectores del imaginario. Por esto es importante que los organizados creen nuevos lenguajes, tropos y expresiones idiomáticas, que se permitan jugar con las palabras más sencillas hasta que le saquen a algunas un brillo especial, un significado emblemático de la lucha por la justicia y la restauración del mundo. Para eso necesitan ser atentos observadores de los productos mínimamente críticos que están en boga y captar que son híbridos útiles entre el diagnóstico y el sentir de las mayorías. Si es posible aglutinar lo que se sabe con lo que las mayorías pueden entender y querer (lo ya sentido por ellas mismas, desde la lógica del sentido común), entonces comenzarán acciones mayoritarias que cambien el curso de la historia.

Por supuesto que cambiar es difícil y demanda a la conciencia una energía o unas oportunidades que no siempre se tienen, que deben ser construidas día a día. Para que las iniciativas de transformación no se ahoguen, habría que tender redes que toquen a todos con modelos abiertos y dinámicos, que ayuden a asir estructuras generales pero a la vez que no sean predecibles y aburridas. ¿Qué puede ser atractivo y hacer sentido para las mayorías? Lo que ya forma parte de su identidad, los elementos familiares, como las tradiciones culturales y religiosas, sus momentos de convivencia social. Hay que intervenir en el espacio autoritario de la familia y hacer viable la toma de conciencia política. Se insiste, los organizados no deben ambicionar la escucha con elaborados argumentos, deben emplear mensajes que anticipen la falta de sofisticación del sentido común y, con las referencias más concretas posibles, muestren un escenario moralmente inaceptable, además de una pequeña variación en la práctica cotidiana para ir haciendo presente la resistencia. Para entender a las mayorías hay que entender su moral y su sistema de prácticas, además de su participación dentro de concepciones repetidas.

Pongamos un ejemplo breve sobre los pequeños cambios que supone una reflexión política en un espacio cotidiano. El ámbito imaginado es la información, todos la recibimos diariamente y cualquier evento social, familiar, laboral, público, etc. puede dar ocasión para hablar de la información. Además el contenido puede ser de interés para el interlocutor y crear un gancho que mantenga la atención sobre la materia. Toda transformación de la información requiere cierto tiempo, especialmente si nosotros somos los que hacemos el trabajo de transformarla. Por lo regular, un consumidor pasivo recibe informaciones hechas por otros, la cadena de mensajes tiende a minimizar el impacto de todos, por rezagamiento de las impresiones, pero cuando algo llama en particular su interés, el sujeto se vuelve un laboratorio de reconfiguración de los datos recibidos. Crucemos su acción creativa o productiva con el tiempo. Una idea compleja e interesante puede ser elaborada en menos de tres segundos. Redactarla toma alrededor de diez minutos, según sea su complejidad. Si no se tienen esos diez minutos para hacer un escrito que cualquiera pueda leer y entender en su sentido y pertinencia, se pueden hacer notas dispersas que completen su significado con la experiencia personal en un único minuto. Lo que alguien puede leer en un minuto de notas, por su parte, se puede explicar en lenguaje llano y claro a una audiencia no informada del tema en alrededor de media hora. Ahora bien, si un joven tiene una idea que él mismo considera genial supongamos tres veces al día, y fuese tan productivo como para darlas a conocer, necesitaría, además de claridad en pensamiento y enunciación, de una audiencia que lo escuche atentamente durante una hora y media diariamente. Esas son más de diez horas a la semana, es decir, más de una cuarta parte de su tiempo laboral estándar. Ese es el tiempo que le tomaría a una persona hacerse comprender a los demás en su proceso de crecimiento personal. La premisa de que debemos comunicar nuestras ideas a los demás, aunque deseable, es impracticable, no tenemos un modo de hacer a todos participar ni de optimizar la socialización de los aprendizajes repetidos, específicamente cuando se trata de reflexiones tenues, no de simples datos como cuando una nueva generación descubre el agua tibia. Esta problemática podría explicar, por ejemplo, por qué los adolescentes se vuelven tan difíciles de seguir para sus padres. A los adultos les es materialmente imposible escuchar todos los conflictos juveniles, cuando estos se vuelven relatores de su propia existencia y establecen jerarquías de valores y se ven confrontados por realidades contingentes derivadas tanto de su movilidad como de corrientes de las que aún no tienen ninguna conciencia. ¿Saber esto haría algún cambio en una familia promedio? Nosotros creemos que depende de dos cosas: de que esta comprensión se socialice con personas significativas, que se comprenda que esta es una situación general del crecimiento de todos, y finalmente que se sepa que el propio caso tiene sus variantes.

Eventualmente habrá cambios por necesidad en la conducta de la mayoría, el reto es que estos cambios lleven una dirección que defienda la moral y la visión de los agentes de transformación, no porque ellos deban ser la nueva clase dominante, sino porque es importante verificar que lo nuevo que se haga eluda el problema de la destrucción ambiental, sanitaria, humana y personal. El sentido común debe ir en la dirección del cambio en lugar de en el sentido de la reproducción del orden de las cosas.

Estamos en medio de una lucha global e histórica por la transformación social y civilizatoria. La crisis política de la actualidad es una oportunidad para crear nuevas acciones políticas, nuevos lenguajes, nuevos relatos. Podemos aprovechar diferentes signos para aglutinar nuevas figuras de identidad y perfilar mejor las intenciones de cambio, con mayor precisión y pertinencia. Podemos hacer que los tableros del juego político se vuelvan inestables y se disuelvan las clases. Desde luego, esto no será verdad mientras siga habiendo personas descartadas o descartables, cuyo malestar no se sienta también en la carne de los privilegiados y de las capas medias. Si no es posible edificar una arquitectura ecosocial y sistémica que cierre el paso a la creación de cúpulas sociales ajenas a la realidad y sensibilidad del resto de las especies, el dinosaurio o enemigo seguirá ahí. Si la humanidad no es una sola y gran familia, vinculada por la historia general y las condiciones de posibilidad de las distintas alternativas de crecimiento activas hoy día, no habrá razón de peso para negar la guerra política como hoy se la entiende, con su clase enemiga, que encarna en forma de banqueros, especuladores financieros, industriales no sustentables, empresarios inescrupulosos y promotores de la incultura o del empobrecimiento humano.

Nuestra plegaria, simple, diría que vayamos todos en contra de los (mega)proyectos de muerte y al rescate de los hermanos caídos en la enfermedad del poder y el antihumanismo.

Los videos comentados de Pablo Iglesias fueron:

miércoles, 17 de junio de 2015

Del exceso de soñar

Soñar demasiado puede tener consecuencias negativas, salvo los necios, nadie lo puede poner en duda. Varios de nosotros hemos recibido la lección de que madurar tiene que ver con dejar sueños de juventud, a menudo formulados desde sentimientos rebeldes, no pocas veces hiperbólicos, y una falta sustantiva de información en la cuestión. Pero los sueños poseen varios contextos, y si queremos pensar en sus excesos o extralimitaciones, debemos precisar cuál es la especie que nos aqueja.

Por lo regular, los sueños que menos nos preocupan son los que desempeñan una labor de mantenimiento de nuestro soporte material. Este sentido es el que se refiere a las sensaciones más o menos desordenadas que forman parte de nuestra memoria y olvido, son imágenes, creencias, estímulos diversos producidos durante el descanso del cuerpo. En esos momentos difusos, rara vez continuados, se nos permite pasar por aventuras de fantasía, por la realización de deseos múltiples y por el alivio de dejarse llevar, parecido a un éxtasis musical u olfativo o cinemático. ¿Quién puede tener suficiente de esos momentos?

Rara vez soñar de este modo es un problema, siempre que se consiga. Es gracias al sueño que el líquido cefalorraquídeo puede penetrar en el interior del cerebro y hacer tareas de lavado, cumpliendo así el papel que el sistema linfático no alcanza a hacer dentro del cráneo. Pero aquí la cuestión es por el exceso, no por la falta. Y el problema con soñar mucho, hasta donde alcanzamos a saber, tiene que ver con la postura del durmiente, con el peso constante sobre sus músculos o articulaciones, con la falta de movimiento para mantener en óptimas condiciones otras funciones de su organismo y con la leve baja de glucosa, por haber pasado un largo periodo de (in)actividad sin alimentarse.

Además, los sueños son en cierta medida ilusiones, y como tales, tienen dos interpretaciones: como engaños en los que podemos caer, para bien o para mal, y como motores vitales, desde los que nos es posible desvivirnos, dedicar nuestra existencia o anhelar hasta la extinción. Es en estos sentidos que vale la pena reflexionar sobre los excesos de soñar.

El engaño por sí mismo no es un problema, pero es improbable que su acumulación no afecte negativamente los propósitos de las personas. Los objetivos individuales, sociales y creadores siempre demandan medios para su desarrollo y asumir información falsa generalmente encamina hacia el desastre, puesto que parte de la información equivocada puede ser crucial para el objetivo final. Es por esta razón que no se debe ser prisionero de un sueño entendido como engaño, delirio o disparate. Sin embargo, no podemos lanzar un conjuro que nos mantenga como personas libres de todo error, así que habrá que tolerar prudentemente que varios datos inciertos en nosotros coexistan con nuestro hacer cotidiano.

El anhelo, por su parte, tiene diferentes orígenes y potencias. A veces tiene la forma de una apuesta vital, que implica exponer la salud de nuestra propia estima o de nuestras creencias más íntimas, otras tantas es un impulso que no podemos racionalizar con facilidad, de modo que dudamos de cualquier figura que derivemos de ella y causa la total incomprensión de los otros o la renuncia a apalabrar sobre ese tema. Por bello que sea gozar de su existencia, puede ser un sueño excesivo si llega a justificar despojos y carnicerías que pongan en peligro a otras personas y demás entidades de relevancia moral.

El mayor problema de inadecuación que tenemos con los sueños está implicado en el sentido de realidad vigente. Si nuestros sueños son desproporcionados y dirigen nuestros procesos generales de percepción, por la razón que sea, pueden provocar desorientación, inmoralidad, vicios y pérdida existencial del sentido. Estas condiciones no sólo amenazan la propia integridad, sino también la de otros seres, sean iguales, primos vivientes, criaturas inorgánicas o relacionales.

Las razones por las que puede quedar trastocada nuestra percepción normal, en general, son tres: una tara orgánica, a veces clara en el fenotipo, como cuando hay lesiones en los sentidos o en el cuerpo, a veces sutil, como cuando algo del historial explica una relación atípica entre el cuerpo y ciertas clases de moléculas; otra causa es una voluntad extraordinaria, obstinada y negadora de informaciones y teorías clave; por último, la conspiración efectiva, donde se descubre (no solo se presume) que un agente de gran poder ha preparado el escenario para que seamos engañados, a través de dispositivos o cómplices, de tal modo que demos por ciertos datos falsos o inciertos datos evidentes.

Perdido el sentido de realidad vigente (lo cual es un horizonte comunitario, no una construcción individual privada), si los objetos dados son interpretados como engaños potenciales, se carece de asideros o referentes estables para apoyar una conclusión que destaque entre otras creencias, incluso de las arbitrarias, según sea la distorsión de lo real. Así, se llega a una especie de imprecisión de alto riesgo, donde la ingenuidad más infantil puede ser más segura que las racionalizaciones más informadas. Si los insumos de la razón provienen de percepciones poco realistas, porque los datos están severamente distorsionados, en contra del conocimiento histórico, el mundo se tambalea y desmorona en una deriva sin timón. Esto a menudo es fatal, porque el cuerpo demanda de frecuentes cuidados y de la solución correcta de problemas. Hay quienes defienden esta clase de existencia, pero balbucean si no se los contextualiza dentro de una crítica a ciertos momentos históricos.

En general, hay que evitar esa clase de pensamientos o disposiciones en función de las informaciones siguientes: nuestra sensibilidad normal indica que el mundo posee continuidad física y comportamientos regulares, los cuales podemos percibir con nuestro sentido para reconocer patrones o formas entre los objetos presentes y en movimiento. Además, los objetos cercanos o a la mano suelen tener formas constantes y sirven como cúmulos de propiedades y herramientas para cumplir propósitos determinados. Si todo lo que sentimos fuese un engaño, una simulación, habría que concebir un agente que cubra el gasto energético de mantener un escenario tan regular y complejo. Puede ser el caso, lógicamente, pero no hay indicios de que esto le cause un beneficio a ese proveedor. Además, ninguno de los habitantes de esta supuesta realidad virtual puede cruzar las barreras de este universo y mostrar evidencia de que ha salido de la caverna platónica para darle mayor sentido a la hipótesis del titiritero ultrauniversal. Por otro lado, que todos los otros a quienes pertenecemos se mantengan con nosotros en la misma nave da suficientes motivos para satisfacer el decreto (inter)subjetivo del sentido del mundo y del vivir en él. Luego, tenemos que la historia del conocimiento muestra que la justificación de los fenómenos se controla con la referencia a otros fenómenos, sin crear un excesivo número de postulados indemostrables.

La literatura, la historia del arte y la moral, por su cuenta, justifican la analogía entre el sueño y la existencia desde el hecho conocido de la mortalidad de las personas, y de lo efímero de sus trabajos y compañías. Sin embargo, pocas veces se promueve el suicidio en comparación con las ocasiones en que se exalta a las ilusiones o sueños. Cada epopeya, odisea y proeza heroica es un sueño de inmortalidad, de memoria por encima del olvido. Los incontables personajes de las novelas nos enseñan tanto por mostrar maravillas y dignidades que algunos consideran propias de dioses, en medio de situaciones de lo más sencillas, cotidianas y escasas de recursos. Cada personaje es un defensor de ideales, por más oscuro que se lo vista. Aquellos que narran un camino de autodestrucción, por ejemplo, a cada paso evocan lo que debería ser, lo que hizo falta, el peso del bien o del mal que les tocó llevar a cuestas por suerte, condición social o naturaleza; también los condenados, como enseñó el Crucificado, enarbolan discursos de salvación. La salvación no tiene por qué ser obra divina o religiosa. La historia de occidente creó el mito del individuo (el mayor mito enemigo de la religión), con el propósito de hacerlo más responsable de su propio destino, más autónomo, conforme demandaba el desarrollo de la racionalidad. Pero es tal el significado de lo positivo, tan inherente a la lógica elemental y a la razón, que cada caso de acción personal termina por alimentarlo.

Pensemos en los autores más pesimistas, en los deprimentes, en ejemplificadores de la miseria, en aquellas letras que rasgan las venas y despojan de vitalidad el cuerpo. Kierkegaard, Schopenhauer, Baudelaire, Nietzsche, Artaud, Rulfo, Ciorán, Ginsberg, cualquiera que nos haya pegado hondo, todos ellos son especializaciones del héroe, son casos particulares del actor humano registrado en la historia. Los autores son todos personajes, aunque en un nivel diferente a las máscaras narradas en su literatura y ejemplos. También lo son las corrientes que representan o que los impulsan, esas que nos susurran ahora mismo al oído tratamientos creativos mientras nos meten en el bosillo nuevos pendientes. Pensemos en los escépticos, en los que niegan, a ratos nihilistas, a ratos cínicos, las cosas y los medios que se les ponen enfrente. Su ingenio consiste en no errar, en desenterrar toda posibilidad de duda para minar las creencias que soportan el objeto puesto en sospecha. Nosotros, los que confiamos, si informados, sabemos que todas las teorías o sistemas de interpretación se sostienen sobre la ausencia de 'dudas razonables', no de toda duda posible; siempre cabe encajar una duda sobre un modelo. Desde luego que el negador tiene una ventaja, tiene en su mano una carta con la que otros no han sabido hacer mucho, y por eso solo tiene el privilegio de no olvidarse de ella, a diferencia de los crédulos. A su modo, el escéptico es un héroe, es decir, un soñador. ¿Comete un exceso? Por supuesto, eso depende.

Es imprudente que una persona crea que existe un genio malvado que produce con sus poderes engaño en la vida, porque no es una duda razonable suponer que exista dicho espíritu maligno. Los dioses no suelen tener interés en destruir la relación entre las palabras y la verdad del mundo, porque la duda sobre la relación del hombre como captador de las cosas tal como son nace de la tradición científica, no de las religiones. Fue el estudio metódico y colaborativo el que analizó la existencia y el lenguaje y encontró subdeterminaciones por diversas condiciones materiales que se construyen de acuerdo a ciertos sentidos particulares. El Ahriman de las letras zoroástricas y probable inspirador de la corriente maniqueísta que divide el mundo entre el bien y el mal no tiene el papel de engañar a una sola persona ni a toda la humanidad acerca de su conocimiento de toda la existencia, sino de posibilitar la violación de las normas morales y crear devastación sobre la creación. Para la mayoría de los dioses, incluido el cristiano y el islámico, el mundo se mantiene en su mayor parte lógico, en gran parte cuantificable, pero sobre todo regular, un territorio donde cabe predicar, obedecer normas y realizar sacramentos. Los dioses se someten a la razón, a la palabra, como bien enseñaron los sabios de la antigüedad a las iglesias monoteístas. En cambio, la incertidumbre de la realidad es producto del prolongado ejercicio racional.

Solamente en la actualidad, a raíz de las revoluciones industriales y posindustriales, se ha vuelto un hábito irreflexivo, ya no solo la incertidumbre sino la inestabilidad de la realidad. Es una actitud derivada de los mensajes que se repiten como mantras en los medios de comunicación masiva, con respaldo casi pleno de los medios digitales y su modo de incentivar la participación de los usuarios en la producción de información. Aquí es en donde encontramos uno de los principales malestares de soñar demasiado en la medida que consiste en obstinarse con una lectura parcial de los eventos, sin promover aspiraciones de articulación general con la generalidad de las visiones. Lo más probable para cada ego es que no cuente en un momento dado con los bastantes datos para defender su propio propósito vital. Necesita apoyarse en las comunidades de conocimientos de la historia, y no lo puede hacer si se mantiene haciendo de ellos una mera caricatura, a la distancia, sin comprometer su propia constitución mental. Cuando los deseos que impulsan a las subjetividades son autoindulgentes, obedecen ideologías y omiten desarrollos críticos de razón, son aliados de la erosión y enemigos de los proyectos de vida y superación conocidos.