sábado, 13 de junio de 2009

La calidad del Rey

Toda vez que camina bajo el Sol siente que sus energías se drenan, que ese Sol arriba, inenfrentable, es lastimero, opacante, que no regala luz, sino calor de malestar. Le piden que lo alabe, le piden que trabaje para él y para sus descendientes divinos. Hace mucho habría claudicado, pero siempre obedece, pues cerca a sus límites, antes de la zozobra, el calor disminuye, las sombras lo cubren, lo relajan, y su entendimiento pobre confirma que el cruel Rey Celeste tiene alguna piedad por sus servidores, compasión que ciertamente nunca alcanza a ver a través de los látigos sanguiñolentos que golpean a los más débiles obreros del Sol.

Desciende las colinas en compañía de una multitud de las cientos que hay, lleva como los demás el torso descubierto, las ropas bajas hechas girones. Cuerdas, troncos y rocas son los materiales que contribuye a domeñar para los señores solares. El polvo lo mantiene con la boca cerrada, concentrado en la respiración y en la tarea. El Sol vigila capataz todo lo que hace, lo oprime con su poder, lo quema, lo hace sudar, consume sus fuerzas y deslumbra con esos suelos despojados, páramos de codicia. Ya cuesta arriba, entiende mejor que no necesita ver bien, que sólo precisa de sus manos fuertes y callosas, de su espalda y sus piernas endurecidas para hacer su labor. A veces, cuando descansa un segundo, enjuga su sudor, oculta en sus arrugas parte de la tierra que lo cubre, toma aliento, y vuelve a jalar, a empujar, o a levantar. Repetido el proceso varias veces insufribles, el Sol se retira, nunca herido, sólo satisfecho. Y él olvida con la noche.

No todo lo pierde luego del alivio. Antes del amanecer lo reconoce, sabe que estará otra vez arriba, implacable. Lo irrita no poder verlo a la cara, saber que mirar arriba significa eludirlo. Saber cómo quedó dentro de esta red de tensiones y distensiones está más allá de su entendimiento. Vive y muere por ese calor sucio y hostil, por esa cabeza fría, torpe y sumisa que tiene.

1 comentario:

Alma de Cantaro dijo...

Parece que leía a Caín unos días antes de agarrarla contra Abel. Es el sol de verano, o es cualquier otro sol, que no necesariamente esta echo de explosiones y lumbre.

trample!!