jueves, 14 de mayo de 2009

El Ser es...

Cuando se dice, se lee, se escribe, "el Ser es" parece que se habla de una cosa muy rara. A más de uno le he visto cara de extrañeza al tratar de entender esto. En parte porque Heidegger tiene razón al señalar que en esta forma sustantivizamos una función copulativa. Por cosas muy básicas de la lengua, verbos transitivos, intransitivos y copulativos, "ser" es un verbo de este tercer grupo. Sustantivizarlo, elevarlo (o degradarlo) a la categoría nominal genera alguna confusión en aquellos que, con razón, no ven una fórmula bien formoda en "el Ser es". Para empezar, ¿por qué la mayúscula inicial? No es una jalada alemana que adoptemos para el español, como podría sugerir enterarse que los sustantivos en aquella lengua se escriben gramaticalmente con mayúscula inicial; es medieval, y por ser antigua se respeta. Sí, se escribe la S grande como signo de pretensión, es una evocación de lo eterno, de la verdad profunda (Verdad), de la realidad de las cosas del mundo. Aunque el Ser aparezca de muchas formas como la nada no es menos cierto que el intento originario, su razón de ser, es decir cómo son las cosas en realidad; decir cómo es cualquiera de ellas o cómo son todas ellas, y es que por ser algo, las cosas ya tienen cierta lógica, cierta estructura. Que el Ser es es la primera gran historia de la metafísica. Es una historia en torno a lo ente y lo trascendente. Es una historia sobre la pregunta por el principio de las cosas. También es una historia sobre la cárcel del alma, que no es el cuerpo, y tampoco del alma, sino sobre el decir de la subjetividad.

No sé, de pronto no sé, si todavía se piensa (sí, impersonalmente) que el Ser es. Pero puedo aventurarme a decir qué se quiso decir con "el Ser es". Básicamente, que una cosa es una cosa. Es decir que una barba es una barba, como una silla es una silla; que un hombre es un hombre y una mujer una mujer; que el niño es niño, la ropa ropa, la célula célula, el cáncer cáncer, la carencia carencia, la justicia justicia, la muerte muerte y así con lo que siga. Todo el mundo es perfectamene coherente cuando las cosas son lo que son. Pero, terrible verdad, ¡oh ingenuidad!, la mentira, la falsedad, el equívoco también son en el mundo. El pensar positivo de la realidad suele olvidarse que el mundo está conformado de alteridades personales, que las cosas no son solamente lo que son, sino que también son lo que nos dicen que son. Ojalá sólo se tratara de lo que las cosas son y lo que se dicen que las cosas son. Pero no hay un subsuelo paralelo análogo a esta tensión entre el yo y los otros, es más complejo dado que los desdoblamientos permiten conformar al yo como rigurosa alteridad. La prisión de la subjetividad consiste en el poder ser inconsistente, en ser algo y no serlo. Como hablar lo infinito, lo eterno, lo absoluto, lo incondicionado es sólo una evocación y no una aprehensión el hombre no es libre de ser (decirse) perfectamente consistente.

Nada de esto nos salva por obligación del Ser, justo como una segunda prisión no nos libera necesariamente de una primera. No hay ruptura, siempre hay modernidad. Este tiempo real, este presente y actualidad que no se iguala al pasado ni al futuro, porque algo se desconoce, se mantiene inconexo, y porque algo no es como aparenta ser. Todo aparenta gratuitamente, justo como todo es gratuitamente -ninguna casualidad al ser ambos copulativos-, pero no se conoce gratuitamente, no se sabe sin transpiración, sin dolorosa, angustiosa, argumentación. Práctica cruel y verdad de perogrullo afirmar criterios para negarle a otro el privilegio (el placer y el poder) de saber. Y no sorprende que el hombre le mienta al hombre. Maldita la historia. Condenadas las personas.

Aquí hay circunscritas suficientes razones para hablar pertinentemente de un sendero (precedente, trascendente, mitológico) a la divinidad, quizá sea teologalidad.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Forma de día

Tengo un tipo de sueño recurrente. Es muy básico. Los sentimientos más dominantes son el de frustración y el del estrés. Hay un encuentro de varias personas, todas socializan, pero no todas con todas. De alguna forma estoy presente, ya sea como persona, animal o espíritu, sólo que no traigo el humor o la actitud adecuados para tratar a uno o algunos de los asistentes, asistente o asistentes a los que sí que me interesa tratar, y mucho. Durante toda la reunión voy haciendo inferencias, o al menos hay indicios, de que no puedo aproximarme directamente, así que tengo que ir pasando por una larga escalera de invitados antes de que pueda tener esta conversación de importancia. Hay un momento en el que no hay más escalones, sólo tengo que dar unos cuantos pasos en el camino restante y despejado; no quedan interrupciones, sólo falta la reafirmación de mi decisión. Sin embargo, algo me detiene un segundo, un instante de duda, y el camino que falta deja de ser estrecho, y entonces entiendo qué está pasando y me apresuro a llegar a mi destino, voy corriendo, en verdad me esfuerzo, pero recuerdo y desespero. Aquí, siempre aquí, es cuando algo me despierta, lo que sea, cuando el día llega y mi sueño se va dejándome como todos los días, sin respuesta. Más de una ocasión he querido insertarme de nuevo en esa reunión onírica y buscar esa intersección que tanto me falta. Mientras lo intento, mi caja de problemas tiembla un rato, me deja mudo y entonces acepto estar despierto. Me levanto, enciendo mis hábitos, si tengo algún café viejo y frío lo tomo, salgo del cuarto, visito el baño, el estudio, el agua, la tensión. Ordeno entre el desorden, la basura, se despliega mi desaliñada forma, se ilumina el día completo, programado, otra vez, sin motivo aparente, pura sucesión de lo que tiene que ser aunque no lo quiera. Me encuentro de nuevo pensando en el problema en turno, y también pensando en el problema permanente y en el tenue tejido que me tiene apegado al mundo. Me reconozco atado a esto como si fuera un reflejo de cuanto tiene que ser. ¿El día entero?, justo como mi sueño.

sábado, 9 de mayo de 2009

Desconexiones

En las últimas semanas he visto en algunas series de televisión que se repiten frases del tipo "x is overrated", cuando enuncian esta fórmula suelen disminuir el valor del amor, del talento, del dinero, de la fe, de la vida, etcétera, desdeñan nociones que se contemplan normalmente como importantes. No sé si se trata de una costumbre muy habitual entre los gringos o en el mundo anglosajón, de pronto sospecho que es una maña de los ya fatigados guionistas que no tienen ideas interesantes y entonces hacen personajes o diálogos estridentes que al menos parecen venir de una personalidad auténtica y dueña de sí. Quien diga esto, aparenta estar diciendo, en el caso del amor, "hey, yo no soy esclavo del amor, y tampoco lo deberías ser tú, por eso te lo digo, que está sobrevalorado, que la gente se engaña al tomarlo tanto en cuenta". Entraña una actitud de ligereza, de libertad y autonomía y probablemente de nihilismo. Estos valores son de los más exquisitos de la civilización occidental, y conforman actitudes a desmontar cuando se observa la necesidad formal de que existan al menos dos unidades intencionales opuestas para el desenvolvimiento de una configuración humana elemental.

Si pensamos que todo lo que el hombre hace lo hace en compañía de los demás; que el uno siempre implica a los siguientes números; que el Ser es relación (luego trino o cuasi trino), entonces, el lugar común, el tópico conocido, el punto de encuentro, es la unidad básica de la existencia humana. Pero si la unidad básica de la existencia humana es así, entonces se requiere solucionar un profundo problema nacido de la subjetividad que pretende conocer, o sea, garantizarse su porvenir, dado que tiene esta impronta de cuidar de sí. Es un problema de seguridad y proyección. Como el hombre quiere conocer cosas firmes, para así tomar las mejores decisiones a su disposición conciente, busca los elementos de la realidad que sean verdaderos e indudables. En la búsqueda de cada uno por el conocimiento, se hallarán diversos obstáculos, algunos solucionables y otros... quizá por ser solucionables o tal vez, y esto es determinante, imposibles de superar. Cuando se alcanza la certeza de la imposibilidad, entonces es cuando hay que revisar qué es eso que se propone como tal, porque ante lo imposible de resolver, no hay problema, hay marcha atrás o sabia aceptación. Ahora bien, hay muchas historias en torno a la subjetividad que busca su conocimiento, y muchas proposiciones de verdad derivadas de esta búsqueda. Cada historia, en tanto narración, encierra su propia validez y verosimilitud, según sean las circunstancias tendrán mayor o menor pertinencia en cada uno, y podrán ser adoptadas o no, y adaptadas o no. Y resulta que hay varias tesis que niegan la posibilidad de ese lugar común con la que cuentan dos intencionalidades distintas. Aquí generalizo y admito la posibilidad de excepciones, pero corrientes como las inmanentistas o las lógico matemáticas no proponen más verdad que la del pensamiento solo o la de la consistencia respectivamente. Verdades como éstas hacen difícil de alcanzar con rigor la verdad del lugar común. Convendrá analizar estas tesis con mayor detenimiento, pero usaré otro tiempo para eso, aún no estoy preparado.

Sólo voy a puntualizar una oposición en la que creo vale la pena reflexionar. Los saberes originados de las certidumbres como la conciencia y las derivaciones de los sistema definidos son excelentes para subvertir el mundo con una profunda participación de la voluntad. Las artes, las técnicas y las ciencias se ven impulsadas por estos paradigmas de certidumbre, según estos saberes el mundo se construye de seres identificados. Mientras tanto, los saberes derivados de la percipiencia (una sensibilidad inteligente, sensatez) son excelentes para habitar el mundo con una profunda participación de las diferencias propias y del mundo. La moral, la tradición y la política simple (convivencia) son las que mejor se impulsan por este paradigma que construye un mundo conformado de seres reales.

viernes, 1 de mayo de 2009

Del saber y de la alteración de las formas intelectuales concretas

La sabiduría tiene un camino habitual que consiste en hacer desaparecer el impulso de la necedad mental. La necedad aquí se concibe como un obstáculo para la aprehensión de la profundidad de la totalidad o de la realidad a secas. La búsqueda de la sabiduría tiene sus peculiaridades. Pretende por un lado adquirir cierta semejanza con lo que podemos llamar simplemente divino y por el otro obtener un entendimiento que, a manera de plexo, soporte un criterio para el punto de partida del presente en el cual todo hombre conoce la realidad de los misterios. Es sensato comprender que son pretenciones esporádicas, atípicas, que no siempre terminan de urdirse dentro de la cotidianidad viviente humana, que no germinan del todo en formaciones ya definidas y conocidas por el impersonal de la moda, el gobierno, la industria y otras tantas casas de conceptos.

El mundo está lleno de eventos que se comparten, que se padecen en compañía de personas que acaso son queridas o de gente que acaso reclama apersonarse. No todos los eventos son compartidos en un sentido amplio pero todos los eventos son compartidos en un sentido reducido, aunque primigenio. La dimensión fundamental del discurso es la menos importante de todos los niveles discursivos para la mayoría de las personas. Aunque en ésta se puede justificar la irreconciliación (posibilidad latente y dañina en una relación entre dos o más que se miran como otros), normalmente son los concilios los que más llaman nuestra atención y consumen nuestro tiempo y aspiraciones, que no son sino esas formaciones que poseen cierta resistencia y que son el sustrato de múltiples pensamientos (y no olvidemos que todos los pensamientos son verdaderos) y que han llegado a funcionar en una situación interpersonal que les da cierto grado de justificación primaria. La centralidad de los concilios para la conciencia del individuo se debe a que los concilios no son una posibilidad dañina (el daño es una puerta al principio del dolor), es una posibilidad que se presupone verosímil, aceptada, parte del mundo; implica un compuesto de elementos dados para generar estructuras de pensamiento que permite ulteriores usos y vivencias intensionales con los otros.

La mayoría de las personas atiende a los prejuicios y a los objetos del mundo dado ya naturalizado, y su poder (por medio de la razón monológico-geométrica) tiene los suficientes alcances para hacer que los marginados grupos atentos a los niveles de más elevada universalidad-abstracción pero de más inferior particularidad-concretud vean mermada su potencia de existencia (una libertad). Tan sólo hablar de las mayorías y ceder terreno a la razón geométrica es una consideración (un acto libre) manifiesta a los individuos que no están interesados en el discurso fundamental y una reducción de las posibilidades de los individuos que sí lo están, pero al menos estos últimos pueden llegar a saber tarde o temprano por qué lo hacen, porque viven y comparten una muy singular negación de sí, y entonces pueden entender que sacrifican con verdadera dignidad.

Dicho lo cual, vamos a no hablar de los principios y a sí hablar de las cosas más claras y naturalizadas. Dos puntos:

Primero, que uno de los eventos de nuestro presente es que estamos dentro de una circunstancia con determinables características a la que podemos denominar era informática digital. Se trata de una era virtualmente inagotable de producción y reproducción de datos. Lo cual implica en términos prácticos que no es posible controlar en un sentido clásico la creación ni la transmisión de datos digitales que reproducen, a través de determinadas terminales, fenómenos visuales o auditivos. Esto es un cambio importante en la condición material de las formas intelectuales objeto (es decir, cosas concretas de algún carácter intelectual, ideal, razonado o imaginado) dentro de la vida de los hombres. Desde hace solamente unos veinte años se ha ido volviendo común, mejor dicho, cotidiano, copiar información digital (datos conectados de modo numérico aritmético).

Ya antes el hombre copiaba datos, los más antiguos escribas intentaron por ejemplo copiar las palabras o la vida de su rey, los copistas y traductores en cambio quisieron copiar lo que otrora fuera copia del verbo, el mundo moderno imprimió libros con tinta, tipos y grandes máquinas. Se quería copiar no sólo la oralidad, también el color, vemos que las pinturas rupestres implicaron un esfuerzo por conseguir determinados materiales. Igual se quizo copiar la comida, primero tal vez con el cultivo, después no sólo eso, sino la cocina, y salieron las recetas. Me aventuro a pensar que nada que hubiese sido llamado del mismo modo que otra cosa podría haber sido nombrado sin intelecto ni discriminación. Ciencia y filosofía nacieron tratando de procurar la copia, la repetición, del mundo que se desea (o se imagina): el estado de antigua naturalidad de saciedad.

Y claro, como los esquemas siempre tienden a multiplicarse (como los textos a alargarse cuando no hay tiempo para la buena edición), el mundo podría ser dividido en dos grandes valores: lo que el hombre oye (audio) y lo que el hombre ve (video). Valores que, definitivamente, hemos querido como especie copiar, porque satisfacen. Para copiar el sonido, los ingenieros humanos idearon sistemas de esparcimiento de ondas que podían más tarde recapturar modulándolas en aparatos concretos que repetían (copiaban) finalmente el sonido. Sistemas diferentes pero igualmente comunes fueron los del teléfono, el gramófono o fonógrafo. Más complejo pero posible y también hecho de todos los días fue reproducir la imagen: el cine y la televisión tuvieron lugar. Pero ninguna de estas técnicas tenía la potencia del dato digital sobre la materialidad, potencia que se hizo notoria tan pronto como los procesadores de magnitudes discretas o dígitos comenzaron a ganar velocidad y capacidad de almacenamiento. La velocidad hizo que las máquinas se insertaran con mayor profundidad en nuestras vidas, mientras que la capacidad se utilizó para engendrar procesos más complejos que nos requieren siempre mayor potencia, mayor velocidad, siempre más, y nos empuja hacía la figura fantástica (y ahora bastante real) del ciborg, en donde la máquina y el hombre forman un mismo ser y usar o no la máquina ya no es una opción humana.

En cuanto a capacidad se refiere, podemos superar en producción de texto escrito todo lo que la historia ha almacenado para nosotros en libros sin preocuparnos por el costo de producción ni por la materia prima, excepto por el tiempo que nos tomaría elaborar esa cantidad de datos. Un policarbonato de pocos cm de diámetro marcado con la tecnología Blue-ray puede almacenar lo equivalente a un departamento de libros; es decir que en una caja de huevos puedo llevar lo equivalente a 2k hogares modestos repletos de libros. Las computadoras personales ya logran procesar terabytes de información, cuando con unos cuantos gigas es factible reproducir satisfactoriamente el movimiento natural de un bosque caducifolio entero en otoño, o tener todas las películas de un director famoso de cine en buena calidad. Las comunidades de Internet como Facebook requieren servidores tan potentes y procesos tan eficientes que necesitan calcular sus operaciones en varios petabytes. Esta condición material no tiene precedentes, y subraya nuestra atención más que nada en el tiempo, podría decirse que el concepto clave básico del espacio queda reducido a capacidad en bytes.

Los procesos complejos en aumento siempre estarán siendo frenados por el avance tecnológico, pero los usuarios ya disponemos de más capacidad de la que podemos aprovechar inteligentemente. Por eso, aunque la producción sea virtualmente infinita gracias a que podemos guardar, copiar, repetir a un costo muy bajo de energía lo que hacemos, la gran mayoría de lo que ofrecemos en complicidad por el medio informático contemporáneo es basura, un desperdicio según algunos observadores enamorados de la época tradicional no informática. Así, vemos divertimentos, producciones de baja calidad, textos que no citan, que mienten, que plagian, que ya ni buscan persuadir. Y con todo, hay textos exquisitos, que ilustran, que ayudan, que comparten, incluso algunos que uno necesita.

Lo mejor de todo es que la relación entre los datos que ofrece la condición informática y el usuario no tiene que ser, por necesidad, de autoría, mucho menos de consumidor-vendedor. Uno accede por diversos motivos, por placer, por obligación, por trabajo, por extorsión, por morbo, por aprendizaje, por la familia, por la enfermedad, por amor al arte, o al dinero, no importa. Las cosas están dadas y pueden ser compartidas digitalmente. Los dígitos no sólo ayudan a confirmar que la Naturaleza está escrita en caracteres matemáticos, también ayudan a reproducir copias fieles, a transferir esquemas claros y distintos.

La segunda cosa que quería señalar es la relación que tiene el hecho de que vivimos en la era digital con el hecho de que vivimos en la era de los sueños de gente que hace mucho que ha muerto. La era de los sueños de los fallecidos es básicamente la condición antropológica de la tradición. Y nuestra tradición de occidente está cargada económica, política y socialmente con el valor de la propiedad, y sea correcto o no, atribuimos propiedad a la inteligencia puesta (o robada) en las cosas. La relación de los usuarios con la Internet, como medio masivo de transmisión y copia de datos, no es algo que deba tomarse a la ligera por la tradición de las patentes y los derechos de autor.

Es un hecho fundamental el que la Internet permita compartir. La generalidad de las personas, al negar el entendimiento profundo de la realidad como un interés primario de su febril vida, está mostrando nuestra propensión natural o típica en la especie para compatir, nuestra necesidad de conciliar con otro que hay, efectivamente, un determinado estado de cosas y que con ese estado o configuración hay que jugar en lo sucesivo.

La propiedad de nuestra tradición se vigoriza, según entiende mi ignorante cabeza, con el movimiento moderno que John Locke representa muy bien al hablar del derecho natural de la propiedad, lo que es decir, en un modo más próximo a nuestros días, que por definición o, a priori, el hombre es dueño de algo, y ese dominio que tenemos sobre algo, debe ser respetado y protegido. Claro, ya en nuestro tiempo el respeto es lo de menos, lo que importa es pagarle al que tiene el derecho de propiedad cuando las reglas así lo señalen.

Por razones que otros pueden exponer mucho mejor que yo, me tiene preocupado el que los derechos intelectuales no se modifiquen actualmente, al parecer, hacia su disolución total o casi total. Me atemoriza el profundo ego que además fortalece esta tendencia proteccionista del derecho por el amor a los autores, a la vanagloria, al éxito. Pocos o nadie desea que todo andar triunfante se reduzca a las obras prácticas y no a las intelectuales. Por eso ya se ve venir que los libros tradicionales mueran (la publicación de calidad, llena de alta cultura y selección) pero no que muera la idea del libro, se seguirá publicando su forma impresa, y seguirá siendo un negocio, uno más satisfactorio para la economía en turno.

No entiendo, si somos libres de reproducir sonido e imagen a niveles incalculados, por qué las formas intelectuales objeto permanecen bajo la custodia del mercado y la sanción. Podríamos compartir tantas cosas si nadie se sintiera dueño de ellas. Claro, esto nos lleva a discutir otros aspectos, pero dudo que tengan una solución práctica, ese campo se encuentra plagado de fugas y de poca conciliación, pese a que se fundamenta en puros concilios de grado natural normal.
Palabras para las palabras

Sigo en recuperación. Y pienso. Pienso que he sido un tonto. No recuerdo desde cuándo he tenido esta idea absurda de que sólo las palabras tienen que ser fortalecidas en mi camino, que ese es el sendero único de mi destino: hacer de la palabra un mejor servir al género humano, algo más pertinente, más preciso, más resuelto, más determinado. Pensé que podía colaborar en su perfeccionamiento, pensé que las palabras así lo querían, que su posibilidad no lo negaba, sino que lo solicitaba. Creí en un error, he luchado por una falsa formulación, pero no he luchado en vano. Ahora entiendo a los viejos lingüistas, filólogos, matemáticos, filósofos y psicólogos que buscaban perfeccionar la lengua. Leí cientos de veces que fracasaron en sus propósitos pero no escuchaba al fondo que habla a través del silencio, a ese viejo espíritu atado innecesariamente a la palabra. Creía torpe que antes que ente, era hombre, le había dado razón a los existencialistas y a los hermeneutas, a los egos circulares, no comprendía que no partía de su supuesto del sujeto cognoscente que se sabe conciente, un intentum y nada más. No, somos momentos de algo mayor, precedente, trascendente. No buscaré más intimismos que quiebren el silencio por necesidad. El mundo de la verdad no está en la enunciación, tampoco en la experiencia normal, está en la unidad última inconfirmable e inhumana, en lo divino puro. El tigre de fuego impreso en mi corazón me muestra el camino de mi finitud insaciable y me revela que las palabras no son el punto de partida, que la razón no puede, bajo ninguna circunstancia, engendrar la espontánea transmutación, el estado básico del asombro, de la separación, del distanciamiento, de la expulsión. No es la razón ni la palabra la que juega, crea y establece las casuales condiciones de participación de los infinitos en la existencia. El logos no es el principio, eso es lo que no había entendido; es un don, una condición más, una tradición; no el principio de todo, sino la eterna afirmación de que uno hombre, mortal y usuario de la lengua, puede prever y olvidar, que conocerá y afirmará siempre sin conocer ni afirmar. Tender hacia lo vacío cuando lo vacío está bastante lleno, ese es el principal error; pensar que hay carencia, que debemos movernos, que no hay suficiente tiempo, que en nosotros está el potencial de determinar las condiciones de participación de los diversos infinitos. Abran pues más cosmos hermanos humanos y noten cómo se quedan más solos (inaccesibles).

sábado, 25 de abril de 2009

Condiciones

Me siento fatal, molido por malas noches. Creo que mis entrañas y mis articulaciones están inflamadas, que me deshidrato y que todo empieza por tanto a complicarse. No puedo estar mucho tiempo concentrado. Al menos no hay fiebre. Ya van dos días así, aunque ayer fue en general más gacho. Siendo que la situación mejora, supondré que mañana estaré sano, espero estarlo, pues me dejaré deleitar con buena compañía, amigos.

Toda esta situación me recuerda a los viejos físicos, a la alquimia y a la astrología. Una metafísica que no parta del cuerpo es una metafísica ciega, dudo mucho que alguna metafísica no haya partido del cuerpo..... En lo que fallan algunas, pienso, es en derivarse integralmente de nuestra condición material. Muchas olvidan las tripas, la enfermedad. Por eso debo regresar a muchos maestros de la antigüedad. Yo me he cruzado con Maimónides, el médico, debo profundizar mejor en sus postulados de hermenéutica general. Los modernos no lo valoraron lo suficiente... o yo no tengo los libros en donde lo hicieron... como que esto último es lo más acertado.

Ay... duele... Que la ciencia busque aplacar el dolor, o que busque eludir la muerte, eso la hace de aplicación clara... mas no sé todavía si pueda ser en un sentido último, por eso, buena.

jueves, 23 de abril de 2009

Repara los atajos

No todos los atajos reducen los costos. Cuando un hombre piensa los eventos que vive y se los figura en un modo mental (los abstrae, los define, los formaliza) está cometiendo una reducción; toma de aquello que aparece por vía de su vivencia lo que más valora y atiende en ese presente desde cierta capacidad representacional operante (estructura sistémica, semiótica o lógica en funcionamiento). Lo que hace con su vivencia es desbaratarla y hacer de ella una imagen de una complejidad altísima de carácter psíquico, ya sea mental o emocional. Una analogía de este acontecimiento, de este atajo intelectual, es contar las estrellas de un firmamento limpio con los dedos. La poca cosa que retenemos en la cuenta de estrellas es, aunque inferior a la inmensidad que se presencia, bastante compleja y profunda. Otra analogía es la del agua o la arena fina que se alcanza atrapar con las manos desnudas. Pasa igual, lo que queda en nuestras manos parece nimio, pero tiene su encanto. Cuanto queda, queda con profundidad y ésta produndidad, es decir, este poder que la cosa retenida es, puede resultar en una suficiencia subjetiva (satisfacción), ya sea por la intuición de lo sublime que se nos ha ido o por el artificio mismo al que incurrimos para retener algo, aunque sea una pizca, del inmenso infinito.

Así, las imágenes psíquicas tienen la capacidad de satisfacer, y cuando lo hacen, la conciencia complacida que lo obtuvo, hace uso de él, y aprovecha su misterioso poder. El poder que una conciencia aplica o pone en marcha es a su vez un evento que puede ser imaginado, reducido, a otra forma, la forma de la posesión, y ocurre entonces que el poder que en un principio nació de una imagen, germina en la ficción (grupo de imágenes) de que es un poder de esta conciencia que lo ejecuta,  entonces se dice que esta conciencia se ha empoderado de una parte del infinito. Y la satisfacción crece, y con ella, viene un entusiasmo que anhela siempre más fantasía... y la máquina deseante ya está ahí.

Siempre algo del infinito vívido se escapa. Se escapa de las ideas y se escapa de las letras. Los atajos son básicamente formas que prometen un poder de ahorro, los empoderados sabedores de atajos ofrecen, en general, un ahorro de tiempo. Entrados en este juego de poder, el proceso del habitar y presenciar el infinito pierde de vista su origen modesto, entonces se olvida a los tontos dedos que cubrían las muchas estrellas que no se contaban ni se veían, se olvida la poca capacidad que tiene una mano para retener por sí sola a los flujos de moléculas diminutas que son incapaces de conservar una forma resistente. Entonces lo que se experimenta ya no es una comprensión de la finitud y de la infinitud, sino una serie sucesiva de satisfacciones y atajos para nuevas y más exigentes satisfacciones. Son movimientos vertiginosos en la medida que se participa de la amplitud de conciencia. Una persona verdaderamente encarcelada ya es un niño que tiene muchas corcholatas y las aprisiona a todas y cada una de ellas en un bote o en un bolso y cree tener, en efecto, ahí en sus manos, todas las corcholatas de su colección.

Los atajos generan procesos concéntricos y excéntricos y catapultan, golpean y devastan. Sus adalides son la potencia, la fuerza, la velocidad, la ambición, formas arcaicas, todas ellas, de terminación, de cierre, acorralamiento, tragedia y dramática fatalidad. La civilización es una inmensa colección de atajos que no podemos evitar haber heredado en uno u otro modo. Todos los problemas humanos que padecemos los hombres no son sino la consecuencia de ese anhelo, de ese entusiasmo que nos mueve hacia ficciones más complejas, mientras seguimos temiendo el fin de nuestra finitud: la muerte. Pienso que nos tomará más tiempo del que nos hemos ahorrado entender, como especie, qué hemos pasado por alto al andar tan presurosos.

lunes, 20 de abril de 2009

Recuerdo

Todos los días 20 y los días 7 de cada mes son difíciles para mí. Me conmueven. Siento que algo remueven, como si lavaran. Quedo distinto, y bastante perturbado, después de ellos porque son días de conmemoración. En ellos recuerdo mi vulnerabilidad, mi imposibilidad de permanecer... y extraño. Resistir el cambio es una cualidad que no comparto con aquello que tanto amo. Yo sufro mientras que lo que adoro se mantiene inmaculado. Por fortuna, ese objeto de amor puro no es exclusivista, no me exige un modo selectivo o marginante de vida, no me reviste de gravedad y desprecio hacia otros espacios que bien pudieran acoger amor, espacios que, ciertamente, se tornan amables y apacibles con ayuda de los dones y el esfuerzo.

Hoy recibí un regalo de un amigo al que conocí brevemente en este período escolar. Cada vez me queda más claro el despegue que realizo hacia una todavía inconmensurable e indefinible propuesta filosófica. Dejo una foto del presente que me hizo con dos propósitos, uno, para mostrar un ejemplo de cómo irá concretizándose mi tesis filosófica, a través de la trasmutación de la identidad personal y de la unidad de la conciencia (noten cuál es el autor del texto), y otro, tal vez protocolario pero bastante lindo, el de hacer constar el agrado con el cual he recibido este presente. Gracias, amigos.


Quisiera disculparme por el pudor y el tiempo que me toma (o me hace falta para) hablar de mí, un hombre convencido de la inexistencia o bien de la irrelevancia del autor y de la definición del hombre detrás de las ideas. Los hombres son textos, pero los hombres que escriben no son el texto que producen a modo de obra, son textos para la restancia, algo con el escaso título de un nombre o de una definición legal, siempre llevados por su ausencia de punto final. Hasta la muerte... momento en que la nada nos sugiere suponer un punto final... pero nada lo asegura.

Ah... quisiera tener la oportunidad de tomar una vez más una taza de té contigo. Quisiera explorar tu mirada y comprender que nada te falta, y que los dos, pese a que estamos, andamos colmados de bendiciones... y contemplamos...

sábado, 18 de abril de 2009

El triple fundamento

“Es que es imposible una prioridad intrínseca del saber sobre la realidad ni de la realidad sobre el saber. El saber y la realidad son en su misma raíz estricta y rigurosamente congéneres” (Xavier Zubiri, Inteligencia y Realidad, p. 10)


Cuando mi maestro Prada Oropeza me encargó leer para la clase Introducción a la filosofía unas fotocopias del texto Naturaleza, Historia, Dios (también de Zubiri), supe que me estaba presentando a un autor de un cuidado especial. Leí cinco veces esas fotocopias, no tenía tiempo para leerlas más, y no las entendía. Mis prolongadas confusiones mentales sólo me arrojaban hacia la pregunta: "¿qué es la totalidad de lo real?". Ahora que veo esta frase inicial de Inteligencia y realidad, escucho en mi foro interior múltiples ecos que inician conversaciones virtualmente infinitas, y una voz que me recuerda mi principal desacuerdo con la historia de las ideas de occidente... el supuesto principio de realidad del Ser y el de la intelección, que a veces se disputan la radicalidad y a veces se afirman en un mismo momento fundamental, no son suficientes. El primer principio mencionado es el clásico de los clásicos. La tesis que dice, en general, que el mundo objetivo tiene prioridad sobre nuestra subjetividad. El segundo principio es el que se desarrollará a partir del socratismo (que, según, buscaba definiciones con tal de ofrecerle mejores medios de salvación a una cierta subjetividad o alma) y que después de generar una nueva mitología del Hombre en el Renacimiento alcanzó su autonomía en la autoevidencia cogito ergo sum.

No me apena aceptar que los antiguos textos filósofos (donde aparece el problema del Ser) son ahora mera literatura, textos que cargan con una fatal referencia de ser fundamentos históricos de la filosofía actual, pero que se encuentran irrevocablemente distantes a nuestra circunstancia y cuyo entendimiento objetivo y universal es irrecuperable; todavía somos, sin embargo, lo suficientemente razonables y pudorosos como para conservar la reproducción de la actitud académica neutral así como nuestras funciones político narrativas, por lo que ideamos modos para afirmar que aquí Platón dice así y allá Aristóteles dice asá. Respecto a los preclásicos modernos y a los problemas sobre la intelección que derivan del criticismo y del idealismo alemán, ha quedado ya clara su insuficiencia dados los acontecimientos históricos inesperados e indeseables y las críticas teóricas hechas a lo largo de los siglos XIX y XX. No basta la intelección pura para justificar la puesta en marcha de un esquema funcional y racional del mundo. La singularidad y la diferencia estarán siempre apelando contra esta re-presentación resultada de un principio subjetivo de realidad.

Ser y saber, Occidente se ha preocupado por estas cuestiones ontológica, metafísica, lógica y epistemológicamente. No basta determinar a la realidad y a la intelección como dadas a la vez, sin prioridad la una sobre la otra, como congéneres. No toda vez que se trate de un fundamento dual puro, falto de movilidad, apertura, fluidez, dinamicidad. Es justo incluir a la formalidad axiológica y temporalizante en el ser y en el saber. La valoración no es necesariamente la propia, tampoco es necesariamente conocida en su singularidad pero sí es necesaria en calidad de fundamento agente:

La intelección sabe, la realidad es y la valoración acciona.

viernes, 17 de abril de 2009

Nosotros

Supongamos que nunca paro de hablar. Supongamos que me escuchan. Supongamos que algunas de las cosas que digo se entienden, no sólo como palabras que existen, sino que significan y pesan, las someten a juicio o a consideración de la conciencia. Si esto ocurre, entonces comienzan a inferir a partir de proposiciones dadas por mí o de contenidos de conciencia que no tienen un origen estricto en ustedes mismos, sino en mí, que soy un otro que habla y es escuchado.

Supongamos que retienen lo que digo y le encuentran cierta coherencia. Piensen que esta actividad suya permite el despliegue, por obra mía que enuncia y suya que decodifica, de alguna estructura lógica. Crean de esto que su pensamiento fluye y entiende.

A veces podrían sentirse identificados con las ideas que se van encadenando en su mente, quizá, aunque ajenas (mías), se reconocen en ellas, son parte del ustedes de otro momento sin mi presencia, un momento pasado que fueron y se va presentando a través de algo no suyo, emergiendo, renaciendo. Tal vez de todo lo que escuchan comprenden finalmente una serie de contemplaciones pasadas que fueron relegadas por cualquier urgencia, y recuerdan y resuelven. Otras veces, desde luego, podrían sentirse distantes respecto a las proposiciones que enuncio, desinteresados o incluso sentir aversión, molestia o simplemente olerse algún engaño venidero. Podrían ver un estereotipo, una idea falsa, un equívoco y no comprar la idea. La valoración positiva de una proposición la hace permanecer en la razón, la valoración negativa la retira del foro de la conciencia y evita su reproducción directa.

Cada una de mis proposiciones, de mis conjeturas, entonces, podría tener esta característica: la de ser valorables, ser aceptable o no aceptable. No todo el conjunto de proposiciones necesariamente debe tomarse como bueno o malo, existe el gris, no sólo el blanco y el negro, y el gris no tiene por qué ser bien distribuido y uniforme en el todo, podría presentarse como una ligera mancha del conjunto. Esto porque es posible valorar como bueno algún elemento que constituye el conjunto, alguna unidad proposicional, mientras se valora como malo el resto del conjunto. Lo que hace a un elemento una unidad proposicional es, justamente, que su valoración puede no coincidir con las del resto del conjunto, pues en sí misma genera un sentido y una actitud. Por eso lo que puedo decir puede llegar a representarles un gran esquema blanco, un gran esquema negro, un gran esquema pinto, un gran esquema manchado, un gran esquema con un único lunar y así podría decirte que en muchos otros modos posibles. Cuando el equema no es homogéneo, entonces se dice que carece de uniformidad valorativa (un tipo de pureza).

Finjamos, todavía más, que sabemos escuchar, que ustedes pueden ser uno: tú; que yo puedo ser tú y que tú puedes ser yo, que tú y yo podemos ser uno: nosotros.

Entonces, si algunas proposiciones dadas guardan con ustedes alguna afinidad y otras no, podrían defenderlas bajo su criterio y buscar que el conjunto de proposiciones entendidas conserve una misma uniformidad valorativa. para lo que podrían interpelarme y presentar o bien un grupo de ideas que les parecen que no pueden admitir la presencia de una idea aislada que ha sido negativamente valorada, o bien lo opuesto, una defensa apasionada de una idea aislada que quiere anteponerse a todo un grupo o situación de ideas negativamente valoradas que no se admiten porque entran en conflicto valorativo con la idea contemplada positiva. Los listos de ustedes podrían generarme los suficientes motivos para que yo vea el conflicto valorativo de una falta de uniformidad valorativa. Podrían guiarme hacia una contradicción oculta en mi enunciamiento primero siendo que han escuchado de un modo lógico conflictivo.

Básicamente, podemos negar cada unidad de sentido si la valoramos desfavorablemente. Pero el orden valorativo no es meramente subjetivo. El maestro Platón nos ha dado la noción de que puede ser también parte del orden ontológico. Este es uno de los misterios del eidos de la Belleza.

domingo, 5 de abril de 2009

Adicción

Soy un adicto a la belleza. Transpiro para la Belleza. A Ella invierto mis horas de existencia. Entiendo bien que no la puedo tocar, que me es distante, ajena. Pero la necesito. Soy un adicto, no es que pueda decidir entre sentirla y no sentirla. En todo caso, incluso si pudiera adquirirla y desecharla como un no adicto, no es una mercancía cualquiera, no está a la venta ni está a la mano. No es suficiente salir a la calle para apreciarla, para presenciarla. No siempre se está en la disposición necesaria e incontrolable de mirar hacia ella. Es verdad que no siempre está, pero cuando está, la siento cumplir su papel atravesándome. Después de mucha frustración, ahora sé que es volatil, que no debo andar sin cuidado ni tomarla nerviosa y torpemente. Todo intento por apresarla es contraproducente, pues la esfuma. Es una adicción terrible. Si no puede estar en mis manos, no puedo controlar sus apariciones en mi vida y no puedo garantizarme mi dosis de belleza. Debe haber algún modo de asegurar que estará ahí cada día, si no como objeto, quizá sí como paisaje. Es cuestión de generar la situación. Pero ¿cómo?, ¿cómo...?

miércoles, 1 de abril de 2009

Un nuevo giro al blog: Kuilg

"Kuilg" es otro de los términos que sobrevivieron de aquella lengua imposible. Su principal característica es que no es un sonido fácil. Pronunciar la "l" y justo después la "g" causa alguna incomodidad. No es para tanto, después de todo, sólo se trata de una palabra inventada para un propósito que ya no existe: construir una utopía que no se constituyó y ya no puede traerse al intelecto, que murió, y como con todo lo que muere, no volverá en su singularidad. Mientras yo olvidaba esta parte de mí que deseaba otro tipo de pensamiento, ambas palabras, el "kuilg" y el "zeyrus" se mantuvieron a través de lo años; me identificaba y me construía con sus nociones correspondientes.

El significado de kuilg básicamente era rey, gobernador, director, o príncipe, amo y señor. El idioma que nunca vio la luz era, en parte, un simplificador del castellano. Mantuve la palabra kuilg y me la atribuí como acto de autoafirmación. Necesitaba creer entonces que era un verdadero administrador de un principio de realidad (el principio zeyrus, el odio), pensé que mi mente era un kuilg. Los orígenes de la palabra (porque también tenían esos vocablos raíces históricas) venía de una tribu, una familia que se encargaba de gobernar a las demás familias, era, si se prefiere, el nombre de una dinastía ficticia. Kuilg derivaba de este modo de la forma primitiva "kylk" (advertir, aconsejar, debatir). La historia de los miembros de la familia Kuilg consistía en dar razones a los demás de sus decisiones. Ellos eran, en principio, retóricos, persuadían, convencían, y sin embargo, gobernaban aunque no tuvieran la razón. Este detalle de una ficción me hizo tentador usar al término kuilg como sinónimo de mi propia mente, a la que consideraba un gobernante ineludible de mis actos de orden de mundo (todo mi mundo era orden).

Tan pronto como comencé a llamarme Zeyrus Kuilg (señor del odio) me convertí en un solipsista en sentido estricto. Y no abrí las puertas de mi "reinado" de odio a persona alguna hasta que conocí al elemento que alteraría por siempre el sentido que tenía de mundo y totalidad de la realidad.

Hace unos ochenta meses conocí, se me reveló, lo espontáneo y lo ajeno. El principio opuesto a zeyrus, el emels, sorprendió mis días y desbarató mis creencias, del mundo y de mi persona. Con la representación de la unión inmediata (el amor) mi solipsismo se quebró y, en cuestión de pocos días, escuché cuál era mi destino final, mi nueva y última dirección. Tenía que recuperar la utopía en mi vida, y me embarqué en una empresa de la cual no espero salir mientras viva. Las primeras venturas fueron agotadoras y llenas de confusión, de inconsistencias. De las pocas cosas concretas que recuerdo que cambiaron está que desapareció mi identificación con Zeyrus Kuilg, dejó de ser el nombre de mi propia persona y comenzó a designar un alter ego, un falso yo, el yo del ciberespacio. El mundo me parecía tan raro en esos tiempos, alrededor de mí todo era confuso, pero el fondo de la realidad era luminoso y claro (mítico).

Uno de los diversos caminos que tomé fue comenzar a escribir pensamientos y publicarlos. Con esta labor esperaba aclararme la conciencia, que durante muchos años mantuve dando vueltas sobre el punto de la separación. El giro del blog Zeyrus Kuilg ya lo he explicado, pretendía algo muy específico y ya obtuve unos resultados suficientes que he aprovechado. Ahora estoy buscando algo distinto, ante todo una especie de propagación de mi intencionalidad, por lo que ahora asumo enteramente este espacio como un blog de corte personal como la mayoría de los blogs, creo el 60% de los existentes (revisar). Me permitiré escribir más cosas, y por eso actualizaré con más frecuencia.

Zeyrus Kuilg no dejará de ser el nombre del blog, pero ahora será una premisa, una plataforma para hablar de la tesis que intentaré defender, pese a que tengo poderosos pensamientos rivales. Dicha tesis dice que hacer el bien nunca sale sobrando. Un adelanto de cómo argumentaré lo contiene la "broma" siguiente:

Ando con razón pero sin ella.